"El día de San Valentín es tan bonito que llueve" - Mc-PerkkingPol

La verdad es que no sé por qué dedicarle estas cuatro letras a San Valentín. No lo conozco pero pesa como un muerto. Además nunca le pido nada, no tenemos una relación directa. Tratamos de no estorbarnos ni ayudarnos, faltaría más. Él me deja en paz en los momento en los que no soy una víctima y yo no trato de atosigarle. Bastante trabajo tiene ya envalsamando almas, haciendo del olvido una tortura y lanzando esas malditas flechas que duelen bastante. Además me repugna la manera que tiene de tratar a las personas, casi siempre con su tono burlesco y haciendo ademán de su poder tiránico. Imagino que le escribo por mera formalidad. Hoy es su día, no por eso he de escribirle felicitándolo por su asquerosa labor. Más bien felicito toda esa parafernalia que se ha montado como coartada. A muchos nos sirve como pretexto para llenarnos la tripa en banquetes, obtener regalos absurdos (te hacen sentir importante) y tener sexo gratis.

A nosotros en concreto, hoy, día de este gran gilipollas, nos dan la oportunidad de elegir pareja. Nos conducen en grupos hacia una amplia estancia donde se exponen una gran cantidad de mesas y sillas perfectamente alineadas. No hay bombillas, puedo ver a los demás entre las luces y las sombras que producen las velas. Me da vergüenza ser el único guapo de mi grupo. Aunque la mayoría de la gente vaya bien trajeada, esta camiseta interior me marca unos bíceps y mis calzoncillos un paquete que, más quisiera el resto de monigotes aquí presentados para intentar alegrarse el día. Algunos tienen la cara de ese angelito del infierno, como si los fuera a poseer, se les nota lo sonrojados que están.

Una vez sentados, llega la parte más divertida de la fiesta. Empieza a entrar un ejército de personas con uniformes verdes y miradas sombrías. Se colocan tocando de espaldas las paredes, besándolas con el uniforme. Llega un momento en el que no hay paredes, sólo se observa el verde de los "guardias" y el azul de éstas por encima de sus cabezas, como flotando. Parece un extenso prado con un precioso cielo donde las luces y las sombras de los congregados hacen desfilar nubes revoltosas. Empiezan a leer nombres. Muchos responden a gritos, otros se suben a la mesa entre aplausos y hacen reverencias embutidos en sus trajes importados. Otros, mucho más cómicos, se levantan y dan la mano cortésmente a aquel raro soldado que ha pronunciado su nombre. Después, como "top models" en pleno desfile, camareros van bordeando las mesas con enormes bandejas. Colocan cordero, berenjenas con salmorejo, urta a la roteña, albóndigas con bechamel y demás cosas impensables, acompañadas todas ellas con salsas exóticas impronunciables debido al elevado nivel de agilidad lingüística que se requiere, cada plato rebosa simpatía y nos invita a observar su variada gama de colores. Con los ojos fuera de sus órbitas y las bocas como cascadas, seguimos todos el recorrido de éstas bellezas culinarias mientras el olor va haciendo hueco en nuestro interior. Empezamos a degustarlo todo. Una vez acabamos... mejor dicho, acaba nuestra barriga con nosotros y se expande, nos disponemos a bailar con nuestras parejas escogidas, mientras, ponen el gran vals de Chopin Op. 18 in e-flat y todos los hombres bajan sus sombreros y todas las mujeres suben sus vestidos. Comienza el baile y se me erizan los cabellos y los pelos de todas las partes del cuerpo, no sé qué hacer con tanta euforia junta, desde luego no pienso malgastarla inventando pasos ridículos o hablando sobre lo bonito que está todo. Me desligo de la mano de mi pareja mientras suenan los 3 últimos minutos de la primera Balada de Chopin y empiezo a dar saltos tan altos que parece que alcanzo el mismo cielo, que parece que estoy flotando. Moriría y nacería mil veces sólo para escuchar ésta balada. Me río de todo aquel que permanece esposado, me río de la felicidad, de las paredes verdes y de las luces tenues, me hacen gracia y no sé por qué, producen imágenes más lindas ahora. Hago figuras encorbando la espalda, de puntillas, como Paganini cuando deleitaba a los demás con su manera tan característica de tocar el violín. Cojo de la mano a cada una de las mujeres que bailan siguiendo la monotonía de sus pies cansados. Las hago girar sobre sí mismas con el encanto de un Don Juan. Las beso en la frente como un padre besa a sus hijas. Los gritos reemplazan a los aplausos de los hombres que creían que era un bufón contratado. Agotado por tantas carreras me paro a tiempo de escuchar: - ¡A por él, está haciendo peligrar el orden!. Una lluvia de balas, que proviene de las paredes, se alza sobre mí. Veo a la última mujer a la que le di la mano, es tan bella que a su lado un jardín de rosas se marchitarían por la envidia. Caigo rendido a sus pies, esas balas duelen tanto y se clavan tan hondo como las flechas de ese angelito del infierno, como las flechas de San Valentín.


¿Que cómo acabó?. Lo dejaré a vuestra elección, a los locos (por amor), debido a la experiencia, os sobra imaginación.