History in the air (Relato)

Hugo Lorenzo había regalado un ramo de narcisos, de color amarillo sol, a Sofía Loreto quien, con gran esmero, había preparado aquellos siete suculentos buñuelos de viento azucarados.

– Seis son para ti, Hugo.

– ¿Y te vas a conformar con comer solamente uno, Sofía?

– Para mí es mucho más agradable ver cómo te comes tú los seis y yo te acompaño con uno que para mí valen más que cien.

En la casa de Sofía Loreto, en plena calle madrileña de Serrano, nunca faltaba de nada.

– Siempre he dicho que las mujeres millonarias tenéis unas formas de actuar bien extrañas.

– ¿Pero de verdad es que tienes que irte?

– De verdad, Sofía. La patria me llama y es un deber mío acudir a la llamada de la patria.

– ¿Pero qué se os ha perdido a los españoles en Afganistán?

– ¡Somos solidarios con las necesidades ajenas! ¡Si tú fueses un hombre lo entenderías mejor!

– Lo que no entiendo, Hugo Lorenzo, es que tú tengas que ser uno de ellos.

– Lo que yo no entiendo, Sofía Loreto, es que tú no tengas corazón para sentirlo.

– Será porque mi corazón me lo has robado tú.

– Perdona, Sofía, pero yo no ando por la vida robando corazones de millonarias solitarias.

– Sabes muy bien que yo no soy una solitaria. Por ejemplo, Omar Arijo no hace más que rondarme.

– ¿Y por qué no le das una oportunidad a ese tal Omar Arijo?

– No es por faltas de ganas sabiendo que es heredero de un principado en Qatar.

– Es mucho mejor partido que yo, Sofía…

Sofía Loreto contemplaba, con arrobo, cómo Hugo Lorenzo iba comiendo, tranquilamente, un buñueño tras otro. En su casa todo era confort y, sin embargo, aquel bohemio parecía echar en falta algo…

– ¿No te resulta acogedora mi vivienda?

– Supongo que sí, pero…

– ¡Siempre pones algún pero a la hora de tener que comprometernos de verdad!

– La patria, Sofía, la patria…

– ¿Ahora resulta que un bohemio como tú ama tanto a la patria?

– Amo lo que mi patria hace por los demás.

– No puedo entenderte por más que lo intento…

– ¿Y no crees que eso es motivo más que suficiente como para que le des una oportunidad a Omar Arijo?

– ¿Y olvidarme de ti? ¡Nunca! ¡Jamás! ¡Sólo estoy deseando que vuelvas vivo!

– Es que esa es la verdadera cuestión. ¿Y si no vuelvo nunca más?

– Si no vuelves nunca más no entra en mis pensamientos.

– ¿Y no crees que puedo convertirme en un héroe muerto si no vuelvo nunca más? ¿Qué vas a hacer entonces de provecho en tu vida amando a un héroe muerto? A mí me parece que ese tal Omar Arijo es lo suficentemente narciso como para que le des una oportunidad.

– ¡Sólo le daré esa oportunidad si veo tu esquela en los periódicos!

– A veces los héroes son soldados desconocidos. ¿No sabes eso?

– Por lo menos deja que te acompañe al aeropuerto.

– ¡De eso nada, Sofía! ¡No me permito ver llorar por mí a nadie cuando se trata de una despedida!

– Y si te prometo no llorar…

– En ese caso es mucho mejor que te quedes en tu casa riendo de cara al futuro…

– ¿Tengo futuro sin ti?

– ¿No dices que ese tal Arijo es heredero de un principado en Qatar?

– ¡Sí! ¡Es verdad!

– Entonces, si termino siendo un héroe desconocido, será mucho mejor para ti que me olvides ahora que estás a tiempo. Y hablando de tiempo, tengo que irme ya.

– ¿No te vas a comer el séptimo buñuelo? He perdido el apetito.

– Está bien. Lo haré por ti. Para solidarizarme con tu causa.

Hugo Lorenzo saboreó el ùltimo de los siete buñuelos de viento azucarados.

– Me gusta ver cómo devoras…

– A veces, Sofía, a veces…

– ¿De verdad non quieres que vaya al aeropuerto contigo?

– De verdad quiero que te quedes en tu casa y que invites esta misma tarse a ese tal príncipe Arijo de Qatar. Quizás a él también le guste catar tus buñuelos de viento azucarados.

Se dieron el beso de la despedida y Hugo Lorenzo salió a la calle de Serrano, por donde caminaban miles de personas en aquel día de fiesta nacional, mientras que Sofía Loreto pensaba en la patria…

– ¿Quién sería el gracioso que la inventó?

Una hora después, Hugo Lorenzo salió del metro en la Estación Aeropuerto T4. Miró su reloj y comprobó que no estaba ni atrasado ni adelantado; así que le quedaba, todavía, una hora de espera que aprovechó para acercarse al Caffriccio Coffe, donde una bella señorita atendía al público con una sonrisa de oreja a oreja.

– Esa sonrisa se merece el mejor café del mundo.

– ¿Cómo dice usted?

– Que merece la pena tomar un café con leche, en vaso de caña y con dos de azúcar, con tal de ver esa deliciosa sonrisa que tienes usted.

Ella se sintió tan halagada que se detuvo un momento en su continuo trabajar.

– Me llamo Brenda. Brenda Boletín para ser más exactos.

A Hugo Lorenzo le quiso entrar la risa pero se aguantó por respeto a aquella belleza de mujer.

– ¿Y qué dice el Boletín Oficial del Estado acerca de chicas como usted?

– Supongo que eres muy gracioso y no de esos que se las dan de graciosos sin serlo…

– Suponer no cuesta dinero… o al menos que yo sepa…

Brenda Boletín soltó una carcajada.

– ¡Jajajajajá! Sólo por eso te voy a invitar a ese café…

– Gracias, pero recuerda que sea en vaso de caña y con dos de azúcar.

Una vez servido el café con leche tal como él lo había pedido, dio las gracias a su manera…

– ¡Ojalá que nos volvamos a ver en el Paraíso, Brenda!

– Ojalá que sí…

– Me llamo Hugo Lorenzo pero como lo de Lorenzo es demasiado llámame simplemente Hugo.

– Ojalá que sí, Hugo… porque sería una buena noticia…

Hugo Lorenzo se apartó del mostrador con su café con leche y se sentó en una silla vacía junto a una mesa vacía. Volvió a mirar su reloj y comprobó que todavía tenía que esperar un buen tiempo; así que sacó el libro que llevaba en el bolsillo derecho de su americana. Era la novela “Al este del Edén”, de John Steinbeck, y por unos segundos comenzó a leer, para sus adentros, la sinopsis de la contraportada…

– Entre la guerra de secesión y la primera guerra mundial, dos familias viven a lo largo de tres generaciones en el lejano valle de Salinas. Tras acompañar a la familia en su épico asentamiento en California, el lector penetra en el sofocante mundo de los, en el que un hombre de costumbres estrictas y severas, intenta educar en el recto camino a sus hijos y, tras ser hijos abandonado por su mujer, a quien nadie en la familia se atreve a nombrar. Uno de sus hijos es trabajador, obediente y cumplidor; pero inquieto y siempre insatisfecho, no soporta el peso del silencio en torno a su madre, cuyo carácter indomable cree él, secretamente, que ha heredado; así pues, ya es inevitable la lucha soterrada por el reconocimiento del padre, cuyo rechazo conduce al hijo a la más provocadora rebeldía. Un día se siente extrañamente atraído por la misteriosa dama que regenta el burdel más célebre de la región. A partir de ese instante, la maldición caerá sobre él, condenado irremisiblemente a permanecer al este de un elusivo Edén…

Volvió a mirar a su alrededor pero no vio a ninguna cara conocida salvo la de Brenda Boletín que le miraba con sumo interés. Hugo Lorenzo observó la portada del libro…

– Parece interesante…

– ¿Qué es lo que te parece tan interesante, sinvergüenza?

Levantó repentinamente la vista del libro y se encontró ante el monumento viviente más excitante que había conocido en su vida.

– ¡Hola, Jessica! ¡Lo que me parece interesante es que sigas soltera y completamente virgen a pesar de todo!

– ¡Jajajajá! Está bien. ¿Nos vamos o no nos vamos?

– Nos vamos.

Jessica Albacete era la más bellísima hembra de los casi desconocidos shiriou. Nacida de padre español y nativa, Hugo Lorenzo no podía entender que se hubiera fijado en él.

– Yo no sé si esto es un sueño o es que estoy soñando…

– Las dos cosas a la vez, Hugo, pero haz el favor de volver a la realidad.

Hugo Lorenzo se restregó los ojos, los volvió a abrir y descubrió que era una verdad. No era ni un sueño ni estaba soñando. Ante él se encontraba, esperando a que la besara, la chavala más explosiva que hubiese podido imaginar. Abandonó la novela “Al este del Edén” sobre la mesa.

– Si no imagino es que es cierto…

– ¿Se puede saber a qué esperas?

Hugo Lorenzo se levantó de la silla, estuvo a punto de tropezar con la mesa y, controlando sus impulsos, le dio en la boca el beso más largo que podía dar teniendo en cuenta las circunstancias que les rodeaban.

– ¡Atiza! ¡Pues es verdad!

– ¿Qué es lo que es verdad?

– Que no hace falta irse al Paraíso para estar en el Paraíso.

– ¿Es que ya no te interesa venir conmigo?

– Si hay algo que me interesa en la vida es perderme contigo.

– ¿Qué quieres decir con eso de perderte?

– No volver jamás a la calle madrileña de Serrano…

– ¿Qué cuento le has contado?

– Tuve que hacerlo para remediar un mal mayor.

– ¿Pero qué le dijiste?

– Que me iba a Afganistán para cumplir con mi patria.

– Y espero que cumplas…

– ¿Y tú? ¿Qué hiciste tú con Jaime Gordejuela?

– Me dijo que aspiraba a llegar a ser todo un general. Me dio pena despedirme de él en Carabobo…

– ¿Se le quedó la cara de bobo?

– Algo así… pero me estoy refiriendo a que en Carabobo fue donde le hice saber que lo de él conmigo no tenía ninguna clase de futuro. También le dije que lo hacía por mi patria…

– ¿Y de verdad ansía llegar a ser general ese tal Gordejuela?

– Eso es lo que ansía con mayor entusiasmo así que yo perdí todo entusiasmo por él.

– Vamos a volar, Jessica…

– ¿Eso quiere decir que te atreves?

– Eso quiere decir que en el aire te cuento mi historia.

Una vez dentro del avión, y tras el aviso de que ya los viajeros podían desabrocharse el cinturón de seguridad, Hugo Lorenzo pidió a la azafata de vuelo un par de bíteres sin alcohol.

– Gracias, Hugo, por tu generosidad. Ya puedes empezar a contarme…

– Te vas a sorprender.

– Eso depende de cuánto sea de interesante.

– Resumiendo. Nací, viví y morí… luego existo…

– ¡Habla en serio, por favor!

– Pero si estoy hablando en serio…

– Lo único que te pido es que seas coherente.

– Está bien, seré coherente. Nací en un chalé con paredes blancas.

– ¿Tú naciste en un chalé con paredes blancas?

– Muchos millones de seres humanos han nacido en chalés con paredes blancas y has de saber que desde el centro de España hacia el sur abundan esa clase de chalés.

– ¿Tú eres sureño?

– ¡Claro que soy sureño!

– Pues no lo pareces…

– Parezco norteño pero soy sureño… lo mismo que parezco muy tonto pero soy muy inteligente…

– ¿No estás exagerando?

– No. Yo creo que soy muy inteligente… pero me corto mucho cuando hablo con una chavala como tú…

– Mirándote bien a la cara… y mira que le echas cara a la vida… más parece que has nacido en una carreta…

– En cierto modo debió ser así… porque cuando nací mi familia era itinerante…

– ¿Traficantes de armas tal vez?

– No. Soy un poco guerrillero pero no tanto.

– ¡Jajajajajá!

– Menos jajajajajá y más tomarme en serio, Jessica.

– Está bien. Te tomo en serio. ¿Con quiénes te educaste?

– En la ciudad de Madrid con vicarios ronceros y morenos…

– ¿Puedes explicarme eso? No lo entiendo.

– Me estoy refiriendo a curas ligones o, al menos, que se las daban de ligones pero… a la hora de la verdad…

– A la hora de la verdad esos vicarios ronceros y morenos de los que me estás hablando no se comían ni media rosca y ligaban con las que nadie quería. ¿Cierto?

– ¡Jajajajajá! Eso es, Jessica. Quizás por eso repartían tantas hostias cuando nos reíamos de ellos.

– ¿Te reías de los vicarios ronceros y morenos?

– Más que reírme es que me daban pena…

– ¿Y qué más?

– A veces iba a ver películas de autor.

– ¿Películas de autor?

– Sí. De esas películas que no entendíamos nada pero disimulábamos en las tertulias haciendo creer que lo habíamos entendido todo.

– ¿Te gustaba también la música?

– Sí. Mucho. Sobre todo la de vamos a la playa calienta el sol… o la de enséñame a cantar enséñame a cantar…

– Supongo que, siendo sureño, te encantan las soleares.

– Me gustan mucho las que están solas…

– ¿Te refieres a las que tienen soledad?

– Sí. Me encantan porque son las más buenas.

– ¿Las más buenas o las que están más buenas?

– Veo que tú también eres muy inteligente.

– Y, sin embargo, yo te veo a ti muy cortés.

– Sí. Alguna vez que otra he tenido que cortar a alguna de ellas… pero era para poder sobrevivir en medio de la jungla urbana…

– ¿La jungla urbana? ¿Qué es eso de la jungla urbana?

– Todo aquello de la movida…

– ¿La movida? Ahora sí que no entiendo nada.

– La movida podía devorarte vivo si te pillaba en Babia… y por eso me daba por beber leche de pantera…

– ¿Babia? ¿Leche de pantera? Pero en qué sociedad te has criado…

– En La Vaquería y sus alrededores.

– ¿Una vaquería en Madrid capital?

– En pleno corazón de Madrid capital.

– ¡No me lo puedo creer!

– Yo tampoco me lo puedo creer pero es verdad.

– ¿Y en esa vaquería vendían leche de pantera?

– Pues sí. Te lo creas o no te lo creas es totalmente cierto.

– ¿Y algo más igual de interesante?

– También me daba por pasar muchas horas enteras sentado en un banco…

– ¿Y qué hacías tú sentado horas enteras en un banco?

– Verlas pasar…

– ¿Las horas?

– No precisamente las horas.

– ¿A quiénes entonces?

– A las más llamativas porque eran las que más me llamaban la atención.

– ¿Y no te llamaron nunca la atención por hacer eso?

– Ni mi abuela materna, ni mi padre ni mi madre, nunca me llamaron la atención por hacer eso. Estaban muy contentos con lo que hacía yo sentado en el banco porque decían que así me estaba haciendo todo un hombre.

– ¿Te estás quedando conmigo?

– No. Eso, si Dios quiere, vendra después. ¿Puedo continuar?

– ¡Continúa, continúa! ¡Eres un joven muy interesante!

– Lo interesante es que, de repente, un día me dio por explorar mis facultades…

– ¿Para qué explorabas tus facultades?

– Para desarrollar la que más estuviese acorde con mi personalidad.

– ¿Y cuál fue de todas ellas?

– La facultad de comunicación.

– Estoy segura de que lo hiciste para tener más probabildiades de ligar con chavalas guapas.

– Exacto. Como había estudiado Ciencias sabía manejar muy bien el cálculo de las probabilidades a través de la comunicación interpersonal.

– ¿Y qué pasó después?

– Que un buen día cogí todas mis experiencias, hice un hatillo con ellas, y me fui a ver a Alaska… pero no me gustó…

– ¿No te gustó Alaska?

– Cuando la conocí me quedé totalmente frío.

– Pero si Alaska despierta pasiones…

– Será entre los desesperados… pero resulta que yo, en esto de admirar bellezas naturales, nunca he sido un desesperado… Alaska me parece muy artificial… y por eso prefiero Villaconejos…

– ¿Te gusta más Villaconejos que Alaska?

– ¡Rotundamente sí!

– ¿Cuál es la razón?

– La cantidad de melones que hay allí.

– Veo que te gustan mucho los melones.

– Sólo cuando están en su punto. Ni verdes ni pasados. Duros por fuera pero tiernos por dentro. Es mejor comer melones que comerse el coco pensando…

– ¿Y ahora mismo que estás pensando?

– ¡Cómo me las maravillaría yo!

– ¿Algún asunto de flores?

– ¡Eso es! ¿Cuáles te gustan más?

– Las orquídeas de mi tierra.

– En cuanto lleguemos a nuestro destino lo primero que voy a hacer es regalarte un ramo de orquídeas. ¡Conozco muy bien el lenguaje de las flores!

– ¿Dónde has aprendido tú esa clase de lenguaje?

– Paseando, solitario, por La Rosaleda del Retiro madrileño.

– ¿Totalmente libre o totalmente liberado?

– Totalmente liberado.

– Descubro que tu facultad de comunicación la has desarrollado del todo.

– Sí. Por eso me nombraron representante…

– ¿Y a quiénes representas tú?

– A los caídos.

– ¿A los caídos en los combates de la vida?

– Eso es. A los que siempre se quedan fuera de juego…

– ¿Estás queriendo jugar conmigo?

– Pues sí. Por ejemplo al veo veo que ves una cosita y qué cosita es empieza por c…

– ¿No te parece eso juegos peligrosos?

– No seas mal pensada. Yo no soy ni Margaret MacMillanme ni tengo nada que ver con ninguna Margarita. Sólo me estoy refiriendo al corazón.

– ¡Jajajajajá! ¿Puedo reclinar mi cabeza sobre tu pecho? Ya tengo sueño…

Hugo Lorenzo permitió, con sumo placer, que Jessica Albacete reclinara su cabeza sobre el pecho de él y, a los pocos segundos, ella quedó dormida mientras él pensaba para sus adentros…

– Cuando llegue la hora de la verdad estoy seguro de que me abandonará por otro…

– ¡Sé lo que estás pensando, Hugo! ¡No te dejaré jamás por ningún otro hombre! ¡Avísame cuando veas por la ventanilla el paisaje de nuestro destino!

Ahora sí. Ahora ella se quedó profundamente dormida hasta que, al nacer el nuevo día, por fin se divisó el paisaje desde la ventanilla del avión.

– ¡Jessica! ¡Jessica! ¡Es verdad que el Paraíso existe! ¿Cómo se llama eso?

– No se lo digas a nadie…

– ¿Cómo se lo voy a decir a alguien si no sé cómo se llama?

– Es que todavía no tiene ningún nombre. Lo llamaremos según sea tu deseo, Adán… esto… quiero decir Hugo…

– Está bien Eva… esto… quiero decir Jessica…

– ¿Cómo quieres llamarlo?

– ¿Puede ser Blue Waterfall?

– ¿Cascada Azul? Me gusta. Así lo vamos a llamar.

Y él ya no pudo aguantarse más las ganas de abrazarla, besarla profundamente en la boca y sentir el contacto de su piel trigueña mientras acariciaba, suavemente, aquel rostro divino.

FIN

Un pensamiento sobre “History in the air (Relato)”

  1. Escribir es siempre “un amor sin barreras” que te hace pensar que “la vida es bella” y te hace olvidar “lo que el viento se llevó”. Al igual que unos “tambores lejanos” te llama a sentir “la jungla de cristal” mientras piensas “¡qué verde era mi valle!” en una “cadena perpetua” de sensaciones con “regreso al futuro”. Y como un “tiburón” devoras “el silencio de los corderos” para convertirte en “el padrino” de tu vida mientras vas “cantando bajo la lluvia” entre “sonrisas y lágrimas”. Sueñas con “la princesa prometida” mientras “alguien voló sobre el nido del cuco” y entras a formar parte de “el club de los cinco” porque ya eres “el graduado” en “todo un día”. En “el club de la lucha” pasas de la “psicosis” general y eres como “el resplandor” del “manantial de la doncella”. Dejas de ser de los “sospechosos habituales” y “la ventana indiscreta” se abre para que puedas ver a una “Eva al desnudo” porque eres como “dos hombres y un destino” diciendo a algunos “olvídate de mí” ya que en “el crepúsculo de los dioses” te alejas dejando a todos ellos “con la muerte en los talones”. Y te sientes “atrapado en el tiempo” y “solo ante el peligro” pero, cual “gladiador”, superas el “avatar” y “todos los hombres del presidente” salen a recibirte a caballo, con sus “sillas de montar calientes” mientras les impones “la ley del silencio” y ellos te nombran el “origen” de “la Historia interminable”.

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