El Molino de Calabria (Novela) Capítulo 1

A las tres de la mañana me despertó el ruido de una tremenda discusión que provenía de la calle. Me levanté rápidamente de la cama y, vestido solamente con el calzoncillo, me asomé a la ventana del Hotel Casa Ponziana BB. Quienes discutían, acaloradamente, eran el banquero Germano Bisi, que llevaba colgadas de sus brazos, a Berta Colini y Roberta Fena, y Paolo, más conocido en el mundo del hampa calabresa, como “Nostradamus” por su enfermiza manera de querer adivinar el futuro de toda persona que se hicese amigo o amiga de él.

– ¡Usted no tiene ningún derecho a irse con las dos por muy adinerado que sea!

– ¡Escucha, mequetrefe! ¡Cuando te hayas dejado los huevos para conseguir el estatus que tengo yo puedes hablarme directamente a la cara! ¡Mientras tanto te diriges a mí, por escrito, y a través de Marco Curti!

Sentí una curiosidad algo morbosa por lo que estaba sucediendo; pero no es que yo sea un cotilla que se mete en la vida de los demás sino que es una consecuencia de mi oficio como periodista de “Il Giornale di Calabria”. Y pensé que era buena noticia saber el motivo de aquella tremenda bronca que había despertado a todo el vecindario. Así que puse el máximo de atención para no perder detalle.

– ¡Soy capaz de sacarle a usted los dos ojos y colgarle de una rama para que lo devoren los buitres!

– ¿Me estás amenazando, bambola di pezza?

El banquero Germano Bisi acababa de llamar monigote a “Nostradamus”.

– ¡¡No es usted más cabrón porque ser más cabrón es un imposible!!

El banquero Germano Bisi dio una chupada a su puro habano Cohiba a medio consumir y se lo lanzó a la cara al joven Paolo quien la tenía congestionada por el odio y la ira.

– ¡Recógelo del suelo y aprovéchalo, sfortunato!

El banquero Germano Bisi le había llamado ahora desgraciado en sus propias narices.

– ¡Arrieros somos y en el camino nos hemos de encontrar, tirano, explotador, sinvergüenza! ¡No pasará mucho tiempo hasta que se entere Etna Curti!

Germano Bisi soltó los brazos de Berta y Roberta, se acercó a “Nostradamus” y, sujetándole de las solapas, lo empezó a zarandear violentamente mientras la amenazaba ahora él.

– ¡¡Escucha, harapiento, si se entera mi esposa de que esta noche he estado en “El Molino de Calabria” eres hombre muerto si es que de verdad eres un hombre!! ¡Stronzo!

El banquero Germano Bisi le había llamado ahora gilipollas y, ante la impotencia de Paolo “Nostradamus”, abrió la puerta de su automóvil super deportivo “Lykan”, dejó entrar a Berta Colini y Roberta Fena para, después entrar él, situarse ante el volante y, metiendo toda la velocidad que pudo al coche, arrancó con tal estrépito que quedé medio sordo durante un par de minutos, pero no tanto como para oír la última amenaza del joven Paolo.

– ¡¡Te voy a sacar los ojos de cuajo y te voy a colgar de un árbol para que todo Catanzaro lo vea!! ¡¡Te juro que lo voy a hacer!!

Me volví hacia el armario, cogí la primera camisa y el primer pantalón que encontré y, metiendo mi móvil en el bolsillo izquierdo del pantalón, salí rápidamente a la Viale Milano, hasta la puerta de “El Molino de Calabria”, pero ya habían cerrado las puertas y todo había vuelto a la calma. Busqué a “Nostradamus” pero no lo encontré por los alrededores, así que pensando cuál podría ser el título de mi columna en el diario del día siguiente, me fui caminando en dirección a la Piazza Matteotti para meditar tranquilamente cuando, de repente, colgado de una rama de palmera lo encontré. ¡Era un espectáculo horroroso! ¡El cadáver de un joven colgaba, todavía sangrante por varias cuchilladas a lo largo de su rostro, con una estaca afilada clavada en sus tripas y las cuencas de los ojos vacías! Alguien le había sacado los ojos. En el suelo yacía la billetera del desgraciado joven que había sufrido aquella brutal muerte. Recogí la billetera con un pañuelo que saqué del bolsillo derecho de mi pantalón. Estaba vacía salvo una tarjeta personal. La cogí y dejé de nuevo la billetera en el suelo. Leí la tarjeta debajo de la luz de una farola: “Horacio Craignone – Cabaret “El Molino de Calabria” – Relaciones Públicas”.

– ¡Mío Dio! ¡Esto es espeluznante!

Rápidamente saqué mi teléfono móvil del bolsillo izquierdo de mi pantalón y marqué un número. Nadie contestaba a mi llamada.

– Contesta, mamma mia, contesta por favor…

No era a mi madre a la que estaba llamando pero volví a marcar por segunda vez.

– Contesta, mamma mía, contesta por favor…

Insisto en que no era a mi madre a la que estaba llamando y volví a marcar por tercera vez cuando, por fin, obtuve una respuesta. La voz era de una chica de veinticinco años de edad pero un poco difusa porque, al parecer, estaba medio dormida.

– ¿Se puede saber quién es el gracioso que me llama a estas horas?

– ¡Escucha, Rosalinda, soy Giuseppe Oreto!

La voz se escuchó ahora con total claridad.

– ¡Merluzo! ¿Sabes qué hora es o has perdido la razón del todo?

– Perdona, Rosalinda, acepto que me llames merluzo pero estoy completamente despierto y que yo sepa no he enloquecido todavía aunque estoy a punto de hacerlo.

– Perdona, Giuseppe, pero no tengo ahora ganas de hablar contigo…

– ¡No cortes la comunicacion, per favore, Rosalinda! ¡Tengo una noticia muy importante que debes tú conocer antes que nadie!

– No me digas que el Catanzaro ha ganado el partido de fútbol…

– ¡No, Rosalinda! ¡Hemos perdido por 1-2, en nuestra casa, pero ha sido con el Salernitana que para eso es el líder aunque todavía estavos los octavos en la general!

– ¿Y para darme esa noticia me haces despertar a las tres y media de la madrugada? ¿De verdad que no has perdido la razón? ¡Eso me lo puedes contar mañana por la mañana mientras estemos en la redacción!

– ¿Tú de verdad crees que yo te molestaría a estas horas de la madrugada para darte una noticia tan infantil?

Ella cambió de actitud.

– ¡Bene! ¡Escucho! Pero espero que sea algo realmente sobresaliente…

– ¡Tienes que venir antes de media hora a la Piazza Matteotti!

– ¿De verdad que no te has vuelto loco del todo? ¿Qué vamos a hacer tú y yo solos y a estas horas en esa plaza?

– No seas tan mal pensada porque si quisiera ligar contigo lo haría a plena luz del dia. No puedo decírtelo por el móvil pero ven rápidamente y trae la mejor cámara fotográfica que tengas.

– ¿Se puede saber de qué me estás hablando?

– ¡De que tienes la oportunidad de hacer la mejor fotografía del año en cuanto a un paisaje italiano! ¡Cuando lo veas te vas a conmocionar!

– ¡Sé que la Piazza Matteotti es muy espectacular pero ya está muy fotografiada como para sacar de ella ahora la mejor fotografía del año!

Bajé la voz para no llamar la atención de ningún posible transeunte aunque la plaza estaba totalmente vacía de personas excepto el cadáver sangriento y yo.

– No puedo contarte nada en estos momentos, Rosalinda, pero ven antes de media hora no vaya a ser que desaparezca y perdamos la ocasión!

– ¿Me estás diciendo que hay un ovni en la misma Piazza Matteotti?

– Es algo mucho más conmocionador que un ovni.

– ¿Pero no comprendes que todavía estoy en la cama?

– Levántante inmediatamente, ponte lo primero que encuentres y ven para acá a toda velocidad, con tu fabulosa Aprilia, antes de que sea tarde.

– Pero si estoy sin arreglar.

– No importa. Tú eres igual del guapa tanto arreglada como recién salida de la cama. Te prometo que te va a interesar el asunto si no te desmayas.

– Me está picando la curiosidad, Giuseppe… pero como sea una de tus bromas pesadas… te juro que no te dirijo más la palabra en toda mi vida…

– ¿Vas a venir o no vas a venir?

– ¡En media hora estoy contigo, pero o es de verdad conmocionante ese paisaje que dices o te tragas mi cámara de fotografías toda entera!

Rosalinda cortó la comunicación. Yo sabía que no iba a faltar a la cita. Así que saqué un cigarrillo de mi paquete de “Yesmoke” mentolado, lo encendí y, sentado cerca de la palmera del ahorcado, comencé a fumar tranquilamente rogando a Dios porque no llegase ningún coche de la policía antes que la Aprilia de Rosalinda. Con Rosalinda manejándola, por supuesto. Comencé a meditar…

– Me gusta esta chica. Me gusta de verdad. Lástima que trabaje como periodista.

No sé por qué medité ese absurdo puesto que yo, al ser también periodista y al trabajar en el mismo diario calabrés, tendría multitud de ocasiones para poder ligar con ella. Estaba pensando en mi compañera de trabajo cuando apareció con su Aprilia y llegó hasta donde yo la esperaba.

– Escucha, Giuseppe. No tengo ganas de bromas ni de nada que no esté relacionado con una sensacional fotografía. ¿Me has entendido?

– Te he entendido perfectamente porque para eso te he citado aquí.

– La Piazza Matteotti es muy bonita. Lo sabe todo el mundo. Se han hecho millones de fotografías sobre ella. ¿Se puede saber qué tontería es esta sobre la fotografía del año? Si querías haber estado conmigo a solas podías haberlo hecho de una manera más normal. Hubiese accedido sin que me lo rogases demasiado. Pero de esta manera tan retorcida, no por favor… no…

– Si quisiera haberte citado para ligar contigo simplemente no perdería el tiempo escuchando un no rotundo de tus labios.

– No te entiendo, Giuseppe. Me despiertas a las tres y media de la madrigada, me haces salir de mi casa, te citas conmigo en esta plaza solitaria y ahora me dices que no es para ligar. ¿Estás o no estás loco, Giuseppe?

– Dejemos de discutir como siempre y trabajemos como nunca.

– ¿Trabajar a la cuatro de la madrugada?

– Sí. Eso he dicho. Tú sacas la fotografía y yo redacto el texto.

– Pero si de la Piazza Matteotti ya está todo escrito…

– Ven conmigo en completo silencio.

Cogí de la mano a Rosalinda y, a los pocos metros, llegamos ante la palmera. Tuve que sujetarla fuertemente para que no cayera al suelo.

– ¡¡Mío Dio!! ¡¡Mío Dio!! ¿Qué es esto, Giuseppe?

– Te dije que te iba a conmocionar.

– ¡Es una brutalidad! ¡Es un salvajismo!

– Es una fotografía sensacional si la consigues con total detalle.

– ¿Estamos ante la obra de un demente y sólo se te ocurre sacar una fotografía?

– ¡Escucha, nena! ¿Crees que yo no tengo sentimientos? Quizás tenga tantos o incluso más que tú; pero somos dos periodistas y tenemos que ganarnos el sueldo de cada mes. Si tú no quieres hacer la fotografía pásame la cámara que la haré yo.

– Perdona, Giuseppe, no quise ser grosera contigo.

– No me importa lo que quieras ser o lo que no quieras ser conmigo; pero yo quiero triunfar en mi carrera. ¿Entiendes ahora por qué no te he citado aquí para recitarte versos románticos de Giacomo Leopardi bajo la luz de la luna a ver si te arrancó algún beso que otro? ¡Soy periodista y como periodista que soy deseo ser de los mejores así que, hablando de Leopardi, lo que estoy buscando en la vida es ser un leopardo de la comunicación social! Para ganarme un puesto entre los más destacados.

– No sé si sacaré la fotografía más idónea para que alcances ese estrellato.

– No lo hago por el estrellato. Si fuese por eso no compartiría este suceso contigo. No se hable más. Haz unas cuantas y después elegimos la mejor.

Rosalinda Este sacó una docena de fotografías desde varios ángulos posibles.

– ¡Ya está! ¿Qué te parecen, Giuseppe?

– ¡Cuidado, Rosalinda! ¡No des ni un solo paso!

Rosalinda Este quedó como petrificada.

– ¡Mira al suelo, compañera!

– ¡Qué asquerosidad! ¡Un ojo lleno de sangre! ¡He estado a punto de pisar un ojo humano lleno de sangre!

– Pues el otro debe de estar también muy cerca…

– No sigas, Giuseppe, me estoy mareando…

– Necesitamos un par de copas. Te invito al Paddy’s.

– ¿Dónde está eso?

– En Viale Lungomare 57. ¿Aceptas o no aceptas?

– ¿Para ligar conmigo?

– Para ligar con la fortuna.

– Muchas veces no hay quien te pueda entender pero… sí… acepto esa copa…

Y los dos montados en la Aprilia que manejaba Rosalinda Este se dirigieron hacia el pub Paddy’s que estaba abierto hasta la llegada del alba.

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