El gato de las siete lenguas (Cuento Infantil)

El gato Feliz era un estudiante prodigioso. A sus cinco añitos de edad ya hablaba, correctamente, hasta siete lenguas. No solamente dominaba el español sino que hacía virguerías con el francés, el inglés, el alemán, el italiano, el portugués y hasta el ruso. Por ejemplo, sabía decir trípode en español, trépied en francés, tripod en inglés, dreifud en alemán, trepiede en italiano, trípode en portugués y hasta tpehóra en ruso. Lo que sucedía con el gato Feliz es que no sabía lo que significaba trípode en español, ni trépied en francés, ni tripod en inglés, ni dreifud en alemán, ni trepiede en italiano, ni trípode en portugués, ni tan siquiera tpehóra en ruso. A su tan corta edad ya se permitía esa clase de lujos. Por eso de mayor quería ser como Garbancito y, también por eso, acudía todas las tardes al gimnasio no para crecer y ser un Tarzán sino para encogerse todo lo máximo posible sin importarle, para nada, lo que decían los demás de él considerándole un bicho raro; aunque, a decir verdad, el gato Feliz era un gato normal pero sólo tenía un defecto y es que era corto de vista desde su nacimiento.

Por culpa de tan pequeño defecto visual, la ratita Presumida no hacía otra cosa más que burlarse continuamente del gato Feliz; pero éste siempre respondía con una sonrisa de oreja a oreja y canturreando el estribillo de una canción que había aprendido de memoria porque para eso era un gato prodigioso. El estribillo que canturreaba decía así: ¡Pero él era muy feliz porque no veía más allá de su nariz! ¡Pero él era muy feliz porque no veía más allá de su nariz! ¡Pero él era muy feliz porque no veía más allá de su nariz!

Un día en que la ratita Presumida quería reirse mucho más de lo que siempre se reía del gato Feliz, delante de todo el resto de animales, se acercó a él y le preguntó en voz muy alta.

– ¿Tú tienes buen gusto, Feliz?

El gato Feliz, usando su portentosa capacidad de hablar hasta un total de siete lenguas, contestó.

– Je aime le vin, les citrons et les boules à l’anis.

La ratita Presumida no entendió nada. Entonces el gato Feliz contestó.

– I like wine, lemons and aniseed balls.

La ratita Presumida seguía sin entender nada. Entonces el gato Feliz contestó.

– Ich mag wein, zitronen un anis bälle.

Tampoco esta vez la ratita Presumida entendió nada e incluso entendió menos que antes. Entonces el gato Feliz contestó.

– Mi piace il vino, i limoni e palline di anice.

La ratita Presumida empezó a ponerse muy nerviosa porque seguía sin entender nada. Entonces el gato Feliz contestó.

– Eu gosto de vinho, limoes e bolas de anis.

La ratita Presumida empezó a sentirse ridícula ante el resto de los animales porque seguía sin entender nada de nada. Entonces el gato Feliz contestó.

– Mhe tak el bnho. los nañm y las rñua de ahnc.

Y en medio del bochorno y la vergüenza delante de todo el resto de animales la ratita Presumida guardó silencio para siempre porque no había entendido nada mientras que el gato Feliz se marchó en dirección a su casa con una sonrisa de oreja a oreja y con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón mientras canturreaba aquel estribillo que decía así: ¡Pero él era muy feliz porque no veía más allá de su nariz! ¡Pero él era muy feliz porque no veía más allá de su nariz! ¡Pero él era muy feliz porque no veía más allá de su nariz!

Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

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