Decir adiós

Cuando sacamos a relucir el pañuelo de las despedidas es como si estuviéramos desalojando fantasmas de nuestro pensamiento. ¿Qué estamos pensando en esos largos minutos en que parece que la despedida nunca va a tener lugar? Algunos creen en el nerviosismo, otros creen en la incertidumbre y hay quienes hablan de inquietud. Ninguno de estos tres grupos de personas aciertan. La verdad es que toda despedida es una sensación. Esa sensación de la que casi nunca se habla porque se lleva por dentro y se procura evitar que salga a la luz pública. Sólo quienes entienden esta curiosa circunstancia saben lo que de verdad se siente cuando se dice adiós a una persona, un animal o una cosa; puesto que en las tres situaciones se experimenta la misma sensación: una especie de vacío que está llamado a convertirse en olvido.

Hay quienes se vuelven tristes y taciturnos cuando ya se han despedido y se encuentran en otro lugar, en otro espacio de sus coordenadas vitales. Esos son los que, a media aventura, abandonan la búsqueda para retrotraerse y volver al punto de partida. Se sienten incapaces de superar esa tristeza y se compungen tanto sus ánimos que terminan por renunciar mientras lanzan juramentos de amargura por haber intentado lo que otros sabemos que es una buena decisión. Así que, llorosos y amargados por su tristeza, vuelven al punto de origen para, de nuevo, llenarse de mediocridad por los cuatro costados de sus personas. Justo lo contrario que hacemos quienes sabemos, de antemano, que despedirnos de algunas personas, de algunos animales o de algunas cosas, tiene una gran ventaja que se llama descubrimiento puesto que, iniciados ya en otras coordenadas vitales, somos felices recordando que nos hemos podido liberar.

Desear perder del vista al pasado no quiere decir, para nada, que dejemos de recordar el pasado; pero no para añorar los buenos tiempos (digamos por poner un ejemplo a la infancia) sino para rememorarlos con la inusitada pasión de quienes estamos intentando buscar otras nuevas referencias de aquellos tiempos felices; porque la felicidad deja de serlo cuando nos quedamos anclados en un punto de ella y no somos capaces de prolongarla en el tiempo y en el espacio. Eso no lo pueden comprender (ni lo entienden) quienes nos ven sonreír en nuestras nuevas situaciones. Y es que han olvidado que el camino es caminar. La pregunta más importante es ¿caminar para ser un triunfador o caminar para ser feliz? Supongo que todos habréis entendido esa especie de dualidad que llevamos los caminantes como única bandera por defender. Y esa bandera no tiene ningún otro color más que el que cada cual ponga a su felicidad.

Ahora estamos siendo amenazados por la globalización tan mal interpretada por muchos de sus autores. La globalización es, sin embargo, la apertura de muchos nuevos caminos que antes cerraban las férreas fronteras. La posibilidad de haberlas derribado, al menos en las áreas geográficas donde podemos ser felices, es un hecho factible y real. O sea, que los perpetuos caminantes no somos unos vulgares visionarios de “bolas de cristal” ni nos hacemos “bolas” el cerebro, porque intuimos dónde hay motivo suficiente para inventar. Y en esa labor creativa, en ese carácter positivo siempre, no hay lugar para la decepción por mucho que el camino se vuelva escarpado; es más, a mayor dificultad mayor y mejor es la conquista. Pensamiento bien lógico y frase factible que nadie, en el buen uso de su razón, puede rebatirla. Pueden llamarnos, si lo desean, seres futuristas; pero resulta que tal futurismo pasa por crear un nuevo mundo en nuestra nueva forma de pensar, en nuestra nueva manera de sentir y en nuestro nuevo modo de actuar: saber, querer y poder.

A muchos incrédulos, en vez de decirles que son inmovilistas (y lo son desde el mismo momento en que su incredulidad les convierte en seres pasivos), lo que debemos decirles es que si te veo no recuerdo bien quién eres pero debes ser muy importante. Y así, con esta frase elegante, educada y llena de esencial sentido, seguimos adelante sin pensar en aquella nostalgia que otros desean imponernos en contra de nuestra voluntad. Voluntad. Esa es la palabra que hay que saber interpretar. Estamos en el escenario del teatro mundial y, una vez dentro de él, no podemos dar lugar a las dudas que otros creen incontestablemente realistas. No. Las dudas, para quienes caminamos siempre buscando otro porqué, no son parámetros que midan nuestra voluntad porque, en ese caso, nos hubiésemos quedado inertes en nuestro punto de origen, dejando pasar a la vida. La vida hay que vivirla y no dejarla pasar. La vida hay que adaptarla a nuestra voluntad. Ese es el camino verdadero para estar felices mientras caminamos.

Lanzados ya hacia un futuro que no estamos locamente visionando sino viviendo en toda su plenitud, alcanzar nuestras metas ya es algo posible en cuanto damos vueltas por el mundo y nos llenamos de experiencias que otros ni tan siquiera se atreven a soñar. Y volvemos otra vez al tema de los sueños. ¿Para qué sirve vivir si no te levantas de la cama y caminas? Si nos damos cuenta, camino deriva de cama que, dicho de otra manera más comprensible, significa que si te quedas en la cama no llegas a caminar que es, en definitiva, una prolongación de la cama pero para salir de ella. Acompañados de todo aquello que amamos (personas, animales y cosas), el camino se nos convierte en una realidad alegre y posible aunque haya comenzado por ser solamente un sueño que muchos llaman utopía sin saber que la utopía no es el fin de nuestros sueños. La utopía produce miedo a los inmovilistas, a los que se aferran a la cómoda cama sin buscar otras ilusiones más que poder descansar. Y no. Los sueños (que a veces pasan primero por ser utopías) sólo son realizados cuando los llenamos de contenido vital. Un sueño vacío no sirve para nada.

La infatigable marcha de los caminantes nunca se detiene ante un éxito alcanzado, ante una meta lograda, ante un sueño cumplido; porque es muchos más que eso. Es, ni más ni menos, saber dónde estamos para saber dónde queremos estar y saber, sobre todo, cuál es el camino verdadero para saber llegar a ser lo que deseamos ser. Un caminante nunca es un simple andariego, de esos que dan dos pasos hacia adelante para luego dar dos pasos hacia atrás y quedarse en el mismo punto de partida. Un caminante es muchísimo más. Como sabemos que a un horizonte siempre le sucede otro horizonte, comprendemos y entendemos que llegar a un horizonte nos sirve para seguir buscando el horizonte siguiente. Y como todo es una sucesión continua de oportunidades, lo que hacemos quienes siempre caminamos es utilizar dichas oportunidades para seguir siendo cada día más felices porque cada horizonte es una alegría vital.

¿Es necesario ser un genio para ser tal como deseamos ser? Pues no. No es necesario ser un genio aunque los demás nos traten como genios. No importa si es cierta o si es falsa esta última premisa, porque lo que es importante es saber que la genialidad no le pertenece a ningún estamento o institución sino a la Providencia de Dios y, en ese sentido, ninguna autoridad humana, de esas que intentan decidir quiénes triunfan y quienes fracasan, puede detener ese camino hacia el éxito personal y que es también un éxito colectivo ya que, al ser personas sociables que triunfamos, también formamos parte de la sociedad que triunfa con nosotros; lo cual es tan lógico que es fácil de deducir. Esto no lo pueden imponer ninguna de esas autoridades que se creen que tienen la facultad divina de nominarnos ganadores o perdedores. Nada que ver con nosotros. Ganar o perder no es nuestro destino. Ganar o perder no forma parte de nuestros equipajes, porque son definiciones verbales del mundo estático, inmovilista, dominado por un puñado de gentes que se creen dioses. Mientras tanto, mientras ellos se creen dioses, los caminantes sabemos que sólo hay un Dios y que ese Dios no es ninguno de esos señores (y alguna señora que otra) que se creen capaces de detener nuestro caminar.

No estamos vencidos. Nunca hemos estado vencidos. Jamás nos han vencido. Estamos haciendo ver a la sociedad mundial que somos capaces de alcanzar, sin ninguna ayuda salvo la divina, lo que otros alcanzan solamente gracias a los apoyos que reciben y, sin los cuales, serían menos que una mota de polvo en el devencijado sillón de las academias que es lo que les encanta a todos los que fueron ayudados para ocuparlos. Nosotros no necesitamos, para nada, ese tipo de sillones porque lo que buscamos no es perder la vida aburriéndonos solemnemente y con solemnidad sentados en el sillón de turno, sino que subimos siempre un peldaño tras otro hasta llegar a la verdadera cima de los creativos; algo que dichos señores (y alguna que otra señora) no quieren admitir. Pero resulta que el éxito, el verdadero éxito, no se basa en una gran cantidad (aunque lógicamente conlleva una gran cantidad) sino sobre todo una gran calidad. Si solamente una sola persona nos cataloga como héroes, como líderes y como ejemplos para sus vidas, es que hemos alcanzado el éxito completo aunque sólo haya sido gracias a una persona nada más. Porque una persona nada más vale mucho más que millones de gentes que no saben distinguir lo que es la cantidad y lo que es la calidad acompañando a la cantidad.

Todo consiste en recuperar la verdadera esencia de las cuestiones vitales y empeñarnos en el continuo esfuerzo de darnos cuenta de que somos capaces y de que, siendo capaces, lo conseguimos siempre sí o sí. No es muy difícil. Ni tan siquiera es difícil. Recuperar lo que queremos ser es volver a recuperar toda nuestra existencia vital del pasado, del presente y del futuro. Todos nuestros sueños convertidos en realidades (incluyendo todo aquello que nos quisieron eliminar) como partes de una unívoca condición que jamás pueden arrebatarnos porque, en vez de buscar solamente la cantidad, buscamos mucho antes la calidad. Una vez cumplidos nuestros propósitos, la cuestión no es quedarse quietos sino seguir consiguiendo nuevos propósitos aunque les rechinen los dientes a esos señores (y alguna señora que otra) que nos envidian porque no estamos sujetos a sus caprichos. Y eso se llama Liberación.

4 pensamientos sobre “Decir adiós”

  1. ¿Por qué será que cuando miramos nadie nos ve?
    ¿Por qué será que cuando hablamos nadie nos escucha?
    ¿Por qué será que cuando oímos nadie nos responde?
    ¿Por qué será que cuando tocamos nadie nos siente?
    ¿Por qué será que cuando saboreamos nadie nos gusta?
    ¿Por qué será que cuando intuimos nadie nos descubre?
    ¿Por qué será que cuando reaccionamos nadie nos sigue?
    ¿Por qué será que cuando percibimos nadie nos capta?
    ¿Por qué será que cuando sufrimos nadie nos comprende?
    Preguntas para responder antes de quedarnos totalmente dormidos.

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