Con divisa verde y blanca (Teatro) -Escena V – (CORREGIDO)

Personajes:

Don Minervo
Bolita
Alumnos y alumnas
Don Pío
Arturo

Escenario.- Aula del Colegio de Calaña. A la derecha del escenario se encuentra la mesa de Don Minervo quien está sentado en su cómodo sillón mientras a su lado izquierdo hay una silla vacía. Detrás de él se ve una pizarra negra donde ha escrito, con mayúsculas, la palabra HUSO con tiza blanca. Todas los pupitres están ocupados por sus alumnos y alumnas de 18 años de edad. Entre ellos se encuentra Bolita. A la izquierda del escenario está la cruz del cristianismo y muy cerca de ella se encuentran las banderas de España, Andalucía y Calaña.

Don Minervo (tomándose una aspirina con un vaso de agua antes de hablar).- ¡Por fin se acabó este infierno… digo… este sacrificio… digo… este suplicio… digo… este tormento… digo… esta clase! ¡Vamos a ver si os habéis enterado todos y todas de lo que os he estado explicando sobre los husos horarios! ¿Quién quiere responder a la siguiente pregunta? ¿Qué sucede en Canarias cuando en Calaña son ya las 9 de la noche?

Bolita (levantando su mano derecha).- ¡Yo puedo responder acertadamente a esa pregunta en nombre de todos mis compañeros y de todas mis compañeras si usted no tiene ningún inconveniente para que yo responda!

Don Minervo.- ¡Tú siempre respondes demasiado, Bolita! ¡Eres un bronca desde que te engendraste dentro del cuerpo de tu madre! ¡Pero está bien, respondón! ¡Adelante, Bolita! ¡Ponte de pie y responde tú a la pregunta; pero procura ser lo suficientemente claro y conciso para que todos te entendamos!

Bolita (poníendose en pie).- ¡Voy a ser contundente, Don Minervo! ¡Le advierto que voy a ser contundente del todo!

Minervo.- ¡Déjate de rodeos y ve directo al asunto sin querer meterme miedo dentro del cuerpo!

Bolita.- ¡Usted lo ha querido, Don Minervo! ¡Lo que sucede en Canarias, señor maestro, cuando son ya las 9 de la noche y estamos todos cenando en Calaña, es que en Canarias siguen pasando hambre!

Todos los alumnos y todas las alumnas sueltan rotundas carcajadas.

Alumnos y alumnas.- ¡Jajajajajá! ¡Jajajajajá! ¡Jajajajajá!

Don Minervo (a punto de sufrir una crisis profunda y golpeando duramente con la regla sobre la mesa).- ¡Silencio! ¡He dicho que silencio!

Todos los alumnos y alumnas guardan un profundo silencio mientras Bolita continúa en pie.

Don Minervo.- ¿Quién te ha contado esa barbaridad, Bolita?

Bolita.- ¡No es ninguna barbaridad, Don Minervo, sino un hecho real, verdadero, contundente y, además, científicamente demostrado! ¡Cuando en Calaña son las 9 de la noche, y ya estamos todos y todas cenando, en Canarias son solamente las 8 de la tarde y todos y todas están pasando hambre porque tienen que esperar todavía una hora exacta para poder cenar!

Don Minervo (asombrado por el original ejemplo que ha puesto Bolita para explicar lo del huso horario en España).- ¡Perfecto, Bolita! ¡Ahora dime quién ha sido el granuja que te ha enseñado a explicar los husos horarios de España de esa manera tan contundente!

Bolita.- ¡No soy ningún chivato!

Don Minervo.- ¡Te juro que si lo dices no te va a ocurrir nada malo ni a ti ni al granuja que te lo ha explicado!

Bolita.- ¡Creo en su juramento, Don Minervo, pero todos los aquí presentes estamos escuchando que usted lo ha jurado y no se puede echar para atrás si desea que le sigamos teniendo el respeto que usted tanto se merece!

Don Minervo (algo cabreado).- ¡No des tantas vueltas al asunto! ¡Lo he jurado y yo siempre cumplo con mis juramentos!

Bolita.- ¡Entonces que sea lo que Dios quiera!

Don Minervo (cabreado del todo mientras coge la regla con sus manos).- ¿Vas a decirlo o no vas a decirlo?

Bolita (viendo el peligro que le amenaza).- ¡Fue Jaimito hace solamente diez días y cuando estábamos los dos robando peras del huerto de Don Berrinche!

Don Minervo (soltando la regla).- ¡No podía ser otro más que ese bendito Jaimito! ¡Está bien!¡Has demostrado saber lo suficiente sobre los husos horarios de España! ¡Efectivamente hay una hora de diferencia entre la Península y las Islas Canarias!

Bolita.- ¡Lo cual, según me siguió explicando Jaimito, quiere decir que mientras en Calaña ya nos hemos comido dos plátanos en Canarias solo se han comido uno!

Todos los alumnos y alumnas sueltan ota vez unas ruidosas carcajadas.

Alumnos y alumnas.- ¡Jajajajajá! ¡Jajajajajá! ¡Jajajajajá!

Don Minervo (fuera de sus casillas).- ¡Ya ha terminado la clase! ¡Ahora podéis iros todos y todas a hacer puñetas… esto… digo echando leches para vuestras casas.. y no admito ningún otro ejemplo para explicar los husos horarios de España! ¡Todos echando leches para vuestras casas o empiezo yo un reparto de leche que os convierto a todos en merengues!

Armando un terrible alboroto, todos los alumnos y todas las alumnas, incluído Bolita, van saliendo del escenario lanzando aullidos.

Don Minervo (una vez solo y hablando para sí mismo).- Jaimito… Jaimito… cuánto te echo ya de menos, Jaimito…

Don Pío (apareciendo en la puerta del aula).- ¿Molesto, Don Minervo?

Don Minervo (volviendo a la dura realidad).- ¡Pero mira quién está aquí! ¡Adelante, curita, adelante, pero le advierto que no está ahora el horno para bollos, curita de Valverde!

Don Pío (molesto).- ¡Deje ya de llamarme curita o no dejo yo de llamarle a usted rojete! ¿De acuerdo?

Don Minervo (muy serio).- ¡Dios mío! ¡Se me ha enfadado de verdad! ¿Se puede saber cómo nos debemos llamar para poder hablar entre nosotros dos sin que salten chispas?

Don Pío.- ¡Rayos, truenos y centellas! ¡Llámeme simplemente Don Pío aunque muy pío no es usted precisamente y yo simplemente le llamaré Don Minervo aunque del mito de Minerva me aprece que sabe usted demasiado! ¡Y ya sabe a lo que me estoy refiriendo!

Don Minervo.- ¡Si yo sé demasiado del mito de Minerva y soy muy poco pío usted las pía demasiado aunque no sepa quién fue, en realidad, Pío Baroja!

Don Pío.- ¡Vengo en son de paz!

Don Minervo.- ¡Pues entonces deje de lanzar indirectas hacia mi personalidad; porque da la casualidad de que yo tengo personalidad independiente y autónoma mientras que usted, y perdone que le sea tan franco, sólo cumple y hace lo que le ordena el obispo de Huelva!

Don Pío.- ¡He dicho y repito, por si usted está sordo y bien que se hace el sordo cuando no le interesa escuchar ciertas cosas, que vengo en son de paz y no para repartir hostias!

Don Minervo.- ¡Pues espero que su visita de cortesía sea muy corta de duración porque tengo un dolor de cabeza que se me ha acrecentado desde que he visto su negra sotana!

Don Pío.- ¡Aquí, entre los dos a solas y como dos verdaderos hombres, le tengo que decir que a mí también me duelen los huevos cada vez que veo su figura de palo seco!

Don Minervo.- ¡Pues lo disimula usted bastante bien porque yo le veo más fresco que un lechuguino!

Don Pío.- ¡Aquí, entre nostros dos y como dos verdaderos hombres, el único lechuguino que hay es usted!

Don Minervo.- ¿No venía usted en son de paz?

Don Pío.- ¡En son de paz vengo pero ya tengo los huevos fritos con tanto sonsonete sobre mi persona! ¡Bastante tengo ya con tener que lidiar con mis muchas acólitas beatas que me asedian continuamente como si yo pudiera hacer los milagros que hacía San Mamés! Es por eso por lo que a veces mamo más de la cuenta…

Don Minervo (bajando el tono de su voz).- Le comprendo muy bien, Don Pío, le comprendo muy bien. Bastante tengo yo también con esto de tener que soportar a toda esta marabunta de jovencitos y de jovencitas de tan sólo 18 años de edad que no saben ni tan siquiera nada sobre el asunto de los husos horarios de España ni se han preocupado por saberlo. Coja esa silla que está libre, especialmente preparada para las visitas ilustres, y siéntese a mi lado, sea o no sea usted muy ilustre que lo pongo bastante en duda, pero… en fin… siéntese a mi lado porque tenemos que parlamentar…

Don Pío cumple con las órdenes que le ha dado Don Minervo…

Don Minervo.- Pues usted dirá, Don Pío…

Don Pío.- Yo no tengo nada que decirle a usted, Don Minervo, proque bien se ve que no es usted el obispo de Huelva ni nada parecido al obispo de Huelva. Es usted quien me lo tiene que decir a mí.

Don Minervo.- ¡Pero hombre de Dios! ¿Cómo le voy a decir yo a usted, Don Pío que las pía bastante callando, algo que no sé de qué se trata?

Don Pío.- ¡Perdone, Don Minervo! ¡Por un momento estaba yo pensando en las musarañas!

Don Minervo.- ¡Deje usted en paz a esa clase de ratones proque bastantes ratas hay ya por estas comarcas de la profunda Andalucía que está tan profunda que no sabemos ya hasta dónde vamos a terminar cayendo!

Don Pio.- ¿Eso de las ratas lo está diciendo por mí?

Don Minervo.- ¡Es usted demasiado sensiblero, curita! ¡Yo me estaba refiriendo a todo ese follón de las ERE, pero como usted se cree que es el ombligo de todo el Universo pues se piensa que siempre estamos hablando de usted!

Don Pío.- ¡Si quiere usted guerra estoy dispuesto a ir a la guerra contra usted y todos los que son como usted, rojete! Pero eso lo dejamos mejor para otro día porque lo que vengo a parlamentar hoy con usted es demasiado serio!

Don Minervo.- ¿Qué es demasiado serio para usted, Don Pío?

Don Pío.- Lo mismo que para el resto de los mortales.

Don Minervo.- ¿Pero no se considera usted inmortal, curita, y lo va diciendo por todas partes?

Don Pío (otra vez cabreado).- ¡Le advierto que yo soy hombre de armas tomar! ¡Ya me estoy cabreando bastante; así que no me toque los huevos, Don Minervo, porque como siga usted por ese camino el que va a pasar a la inmortalidad es usted! ¿Me está usted comprendiendo?

Don Minervo.- ¡Pues entonces digame ya cuál es el asunto que quiere que parlamentemos nosotros dos y no siga usted con tanto misterio sobre ese asunto porque ni yo soy Sherlock Holmes ni usted es mi querido Watson! ¿Estamos o no estamos?

Don Pío.- ¡Estamos! ¡Por fin empezamos a entendernos mutuamente! Vengo a que usted me ayude con suma urgencia, Don Minervo.

Don Minervo.- ¡Ostras, chirlas, almejas y percebes! ¿Pero no es usted el que tiene el privilegio exclusivo de dar la extremaunción a cambio de una buena pasta gansa y no yo?

Don Pío.- No empecemos de nuevo, Don Pío, no empecemos de nuevo que se me va a escapar lo que no quiero que se me escape…

Don Minervo.- ¡Está bien, Don Pío! ¿En qué puedo ayudarle yo a usted de manera tan urgente? ¿Es que le han visto otra vez bebiendo vino en la taberna usando el dinero que ha robado del cepillo de la iglesia?

Don Pío (cabreado de nuevo).- ¡Que me está usted jeringando ya del todo y tengo hasta dolor de cabeza de tantas puyas que me da, Don Minervo, que parece ya que soy uno de los de la divisa verde y blanca, y me refiero a los de El Ventorrillo para ser más exactos! ¡Le vuelvo a repetir, y esta vez lo hago por última vez, que si sigue usted por ese camino tan escabroso, me lío ahora mismo a repartir hostias sin previa confesión alguna!

Don Minervo.- Tiene usted que saber aguantar más en esta vida, lo mismo que aguantó Jesucristo tal como usted y yo bien sabemos y si es que quiere parecerse un poco a Él.

Don Pío.- ¡Yo no soy Jesucristo! ¡No me llamo Jesús sino Pío!

Don Minervo.- ¡Entonces tómese esta vida totalmente a cachondeo como hace Jaimito porque la vida es lo más serio que existe para él!

Don Pío.- ¡Ahí! ¡Ahí ha dado usted en el clavo de todo este misterio, Don Pío! ¡Esa es la clave de todo este asunto!

Don Minervo.- ¿Quiere usted decirme que quiere que hablemos de Jaimito?

Don Pío.- No se lo estoy pidiendo sino que se lo estoy rogando. Pero, para ser más exactos del todo, lo que le estoy rogando, y de manera urgente, es que me hable de Jaimito y de Florita al mismo tiempo.

Don Minervo.- ¿Quiere usted decir que hablemos completamente en serio, Don Pío?

Don Pío.- ¡Eso mismo estoy intentando hacer que usted me comprenda, Don Minervo!

Don Minervo.- Entonces va para un rato largo…

Don Pío.- ¡Le repito que es urgente!

Don Minervo.- ¡Escuche usted bien, Don Pío, y no se me pierda por los Montes de Oca que para gansadas ya hemos hablado bastante! No tenemos ninguna prisa y podemos perder todo el tiempo que sea necesario. ¡Usted y yo ya tenemos tantos años y hemos vivido tantas cosas, por nuestra propia voluntad o en contra de ella, que no nos podemos preocupar ya por esas tonterías del tiempo! Según dijo el gran Antonio Machado, nuestras horas son minutos cuando queremos saber y siglos cuando sabemos lo que se puede aprender.

Don Pío.- Eso solamente es Literatura, Don Pío.

Don Minervo.- ¿Y no se da cuenta usted todavía de que la Literatura es la que nos demuestra, en verdad, lo que son nuestras vidas?

Don Pío.- Pensándolo bien… pues sí… pero… ¿por qué precisamente el gran Antonio Machado en estos momentos y no otro cualquiera?…

Don Minervo.- Porque precisamente usted quiere saber algo de Jaimito.

Don Pío.- No veo que relación puede haber entre ambas cosas…

Don Minervo.- Le estoy diciendo que Antonio Machado es una de las principales fuentes de donde bebe Jaimito para cantar sus canciones…

Don Pío.- ¿Jaimito también hace canciones?

Don Minervo.- ¡Jaimito no hace canciones, Don Pío!

Don Pío.- ¡Entonces usted se está contradiciendo!

Don Minervo.- No está entendiendo usted nada de nada. Jaimito no hace canciones sino que crea canciones. No es lo mismo hacer que crear. ¿Me entiende ahora?

Don Pío.- ¿A tanto llega la sabiduría de ese chaval?

Don Minervo.- ¡Jaimito es demasiado inteligente como para que venga ahora usted a querer descubrirle!

Don Pío.- ¿Y desde cuándo comenzó a crear canciones ese chaval?

Don Minervo.- Desde hace aproximadamente un par de años.

Don Pío.- ¿Eso es verdadero?

Don Minervo.- ¡Yo se lo puedo demostrar para convencerle ya de una vez por todas y deje usted de tener dudas!

Don Pío.- Para ciertos asuntos soy más bien escéptico.

Don Minervo.- Yo no soy Jaimito ni soy como Jaimito pero puedo intentar imitarle para que usted de verdad deje de ser tan zanahorio.

Don Pío.- ¡No me llame zanahorio!

Don Minervo.- ¿Cómo quiere que le llame entonces, cabeza de chorlito?

Don Pío.- Voy a dejar pasar por alto eso de cabeza de chorlito pero que sea la última vez.

Don Minervo.- Será la última vez si usted no se empeña en ser tan terco.

Don Pío.- ¿Cómo puede usted convencerme?

Don Minervo.- Intentando cantar como canta él. Má o meno, que quiere decir más o menos, puedo conseguirlo. Le he oído cantar tantas veces…

Don Pío.- ¿Es totalmente necesario que usted cante?

Don Minervo.- ¿Canto o no canto?

Don Pío.- Si no hay más remedio…

Don Minervo.- ¡Pero canto o no canto!

Don Pío.- ¡Cante ya usted, joder, que me está poniendo nervioso! Pero hágalo rápido porque el tiempo pasa y el tiempo es para mí oro.

Don Minervo.- ¿Otra vez con esa cantinela? ¿Tanto ama usted al oro?

Don Pío avergonzado).- Es que el oro… pues… es el oro…

Don Minervo.- ¿Y de qué le sirve el oro si no tiene tiempo para cantar nada más que los latinajos que suelta usted en la iglesia entre gallo y gallo?

Don Pío.- ¿Quién le ha dicho eso de mi? ¡Digamelo que me lo como vivo!

Don Minervo.- Se dice el pecado pero no el pecador… ¿o no es eso lo que usted predica siempre?…

Don Pío.- ¡Pero es que ese chisme perjudica mi imagen!

Don Minervo.- ¡Vale ya! ¿Canto o no canto de verdad?

Don Pío.- ¡Que sí! ¡Que cante usted que soy todo oídos!

Don Minervo.- ¡Habrá querido usted decir todo orejas, porque usted tiene un par de orejas de coliflor que para sí las quisiera tener un perro pachón!

Don Pío.- ¡Cante ya de una puñetera vez que soy todo orejas… esto… no… que le pongo la máxima atención!

Don Minervo (cantando e imitando la voz de Jaimito).- ¡Nuestras horas son minutos cuando queremos saber y siglos cuando sabemos lo que se puede aprender! ¡Nuestras horas son minutos cuando queremos saber! ¡Nuestras horas son minutos cuando queremos saber! ¡y siglos cuando sabemos lo que se puede aprender! ¡Y siglos cuando sabemos lo que se puede aprender! ¡Bueno es saber que los vasos nos sirven para beber lo malo es que no sabemos para qué sirve la sed! ¡Bueno es saber que los vasos nos sirven para beber! ¡Bueno es saber que los vasos nos sirven para beber! ¡Lo malo es que no sabemos para qué sirve la sed! ¡Lo malo es que no sabemos para qué sirve la sed! ¡La mentira manifiesta falta de imaginación la verdad siempre se inventa cuando habla el corazón! ¡La mentira manifiesta falta de imaginación! ¡La mentira manifiesta falta de imaginación! ¡La verdad siempre se inventa cuando habla el corazón! ¡La verdad siempre se inventa cuando habla el corazón! ¡Ayer soñé que veía a Dios y que Dios llamaba y soñé que yo le oía, desperté, y era verdad que me hablaba! ¡Ayer soñé que veía a Dios y que Dios llamaba! ¡Ayer soñé que veía a Dios y que Dios llamaba! ¡Desperté! ¡Y era verdad que me hablaba! ¡Desperté! ¡Y era verdad que me hablaba!

Don Pío (maravillado).- ¿Así canta Jaimito?

Don Minervo.- Má o meno que quiere decir más o menos…

Don Pío.- ¿Y canta para todo el mundo?

Don Minervo.- No. Jaimito no desea la fama mundial. Tiene por norma y costumbre cantar solamente a quienes con él van. Lo aprendió cuando yo le enseñé a leer “El Romance del Conde Arnaldos” que en sus dos últimos versos dice así: “Allí habló el infante Arnaldos bien oiréis lo que dirá: Por tu vida el marinero dígasme ahora ese cantar. Respondiole el marinero tal respuesta le fue a dar: Yo no digo mi canción sino a quien conmigo va”.

Don Pío.- ¡Es asombroso!

Don Minervo.- ¡Realmente asombroso hasta para mí mismo!

Don Pío.- Usted crió a Jaimito como si fuera su propio hijo… así que debe conocerle muy bien…

Don Minervo.- Conocer muy bien a Jaimito es prácticamente imposible. Sólo Dios sabe cómo es en su totalidad. Y quizás también Florita. Pero creo que le conozco lo suficiente como para hacer un diagnóstico de su personalidad má o meno aproximado… que quiere decir más o menos aceptable…

Don Pío.- ¡Eso es lo que estoy buscando!

Don Minervo.- ¡Un momento, un momento! ¡Pare un poco el carro, curita!

Don Pío.- ¡Es que el tiempo pasa y le repito otra vez que mi tiempo es oro!

Don Minervo.- ¡Déjese usted ahora, Don Pío, de pensar en el oro y en la plata! ¿Desea usted un carajillo? Le confieso a usted, curita, para que vea que soy mucho más honesto de lo que usted cree, que yo siempre me preparo un carajillo antes de empezar mis clases.

Don Pío.- ¡Otra vez me vence usted, Don Minervo! Vengan ya ese par de granujas… esto… no… en qué estaría yo pensando… quiero decir que vengan ya ese par de carajillos…

Don Minervo.- Pues si me lo permite, espéreme sentado unos pocos minutos que enseguida vuelvo.

Don Minervo se pone de pie…

Don Pío.- ¿Pero a dónde va usted ahora?

Don Minervo.- Digamos que a la Siberia.

Don Pío.- ¿Es que se ha vuelto usted loco del todo?

Don Minervo.- ¡Estoy más lúcido y lucido que nunca jamás en mi ya larga existencia! Porque ha de saber usted que Jaimito cree en la existencia más que creer en la vida. ¡La Siberia es el cuarto trastero dodne tengo yo una cocinilla de gas butano para prepararme a gusto mis carajillos sin que nadie me moleste! ¡Vuelvo en unos pocos minutos! Mientras tanto usted espere bien sentado y piense lo que a usted le dé la real gana pensar. También he aprendido eso de Jaimito.

Don Minervo sale del escenario.

Don Pío (cantando para sí mismo pero en voz bastante alta por culpa de los nervios).- ¡Qué misterio hay en tus ojos, que no acierto a adivinar, y tus labios tan hermosos, qué secreto guardarán! ¡Qué misterio hay en tu pelo, y en tu forma de besar, descorrer quisiera el velo, que me llena de ansiedad! ¡Yo sé que este amor misterioso, un día me hará muy dichoso! ¡Qué secreto estás guardando, algun día yo sabré, no me importa cómo y cuándo, pero sé que te amaré! ¡Yo sé que este amor misterioso, un día me hará muy dichoso! ¡Qué secreto estás guardando, algun día yo sabré, no me importa cómo y cuándo, pero sé que te amaré, pero sé que te amaré!

Cuando Don Pío se queda de nuevo en silencio, se escucha de repente la voz del maestro Don Minervo que comienza a cantar como contestando al cura porque le ha escuchado.

Voz de Don Minervo (cantando).- ¡Si yo tuviera una escoba si yo tuviera una escoba si yo tuviera una escoba si yo tuviera una escoba cuántas cosas barrería! ¡Si yo tuviera una escoba si yo tuviera una escoba si yo tuviera una escoba si yo tuviera una escoba cuántas cosas barrería! ¡Primero, lo que haría yo primero, barrería yo el dinero, que es la causa y el motivo, ay, de tanto desespero! ¡Segundo, lo que haría yo segundo, barrería bien profundo, todas cuántas cosas sucias se ven por los bajos mundos! ¡Si yo tuviera una escoba si yo tuviera una escoba si yo tuviera una escoba si yo tuviera una escoba, cuantas cosas barrería! ¡Muchachos, os voy a comprar una escoba a cada uno! ¡Venga, barred otra vez con la escoba! ¡Si yo tuviera una escoba si yo tuviera una escoba si yo tuviera una escoba si yo tuviera una escoba cuántas cosas barrería, cuantas cosas barrería, cuantas cosas barrería!

Se hace de nuevo el silencio y aparece, en el escenario, Don Minervo trayendo los dos carajillos en sus manos.

Don Pío.- Si yo supiera o supiese…

Don Minervo (sentándose y dejando los carajillos sobre la mesa).- Ahora que habla usted de saberes… ¿sabe lo que es un carajillo?…

Don Pío.- ¡Vuelvo a repetirle, por enésima vez rojete, que mi tiempo es oro y no tengo ganas de perderlo!

Don Minervo (mirando de frente a Don Pío).- ¿No tiene ganas de perder el oro o no tiene ganas de perder el tiempo?

Don Pío (con la cabeza algo agachado porque no resiste la profunda mirada del maestro).- Ninguna de las dos cosas si es posible.

Don Minervo.- Pues entonces creo que ha llegado ya la hora de poder describirle, con toda clase de detalles, lo que es un carajillo.

Don Pío.- ¿Tiene que ser con toda clase de detalles?

Don Minervo.- Eso he dicho y eso es lo que usted me va a escuchar.

Don Pío.- Si no hay más remedio…

Don Minervo.- Un carajillo no debe confundirse jamás con un capuchino…

Don Pío.- ¿Ya vuelve usted a sus andadas lanzándome indirectas?

Don Minervo (sin dejar de mirar fijamente al cura).- Nada de andadas ni de inidirectas porque ha de saber usted, curita de los saberes, que un capuchino, palabra que deriva del italiano cappuccino, es una bebida italiana preparada con café expreso y leche montada con el vapor para crear la espuma, que en ocasiones lleva cacao o canela, y que se compone de 125 mililitros de leche y 25 mililitros de café expreso. El capuchino, en las cafeterías de renombre, se sirve con una galletita o un bombón; aparte se sirve un vasito de agua con una cuchara. En Italia se consume mucho para el desayuno o para el almuerzo, junto con un croissant; mientras que un carajillo es una bebida que combina café con una bebida alcohólica, normalmente aguardiente de orujo, brandy, y digo brandy y no coñac para saberlo diferenciar bien, o ron. Es típica de España y su origen se remonta a la época en la que Cuba era colonia española y los soldados combinaban café con ron para coger “corajillo”, de coraje, y de ahí, carajillo. Otras fuentes citan que en la estación de Francia de Barcelona los arrieros que esperaban el turno de carga, en lugar de pedir café y copa, pedían que se lo mezclaran, diciendo “que ara guillo”, que quiere decir ahora me voy pero en catalán. Algo así como cigaló. De ahí el apócope “caraguillo” y su posterior desviación fonética. En Mallorca, de las islas Baleares, y en Valencia, se conoce al carajillo como rebentat, que en catalán viene a significar reventado, explotado, estallado, y en Cartagena, de la Región de Murcia, se le conoce como café asiático. Es parecido a la bebida tradicional en el ejército británico, conocida como gunfire, hecha con café en Australia y con té negro entre ingleses. Y para no parecerle pesado y no ser demasiado aburrido con usted, auque me dejo muchas anécdotas para contárselas otro día que venga usted por aquí en visita de cortesía y en son de paz, ¿sabe la gran diferencia que existe, en realidad, entre un muy buen capuchino y un carajillo cualquiera?

Don Pío.- ¿Alguna otra indirecta?

Don Minervo.- ¡No! ¡Nada ya de indirectas! ¡Voy a ser muy directo pero directo al corazón para ser más exactos! El muy buen capuchino es de las clases pudientes mientras que el carajillo cualquiera es de las clases obreras. ¿Me ha comprendido ya del todo o tengo ahora que cantarle, mientras nos tomamos estos dos carajillos cualquieras, eso tan conocido de ¡Y a la mujer del obrero se la tiran cuantro tunantes de esos que tienen dinero!

Don Pío.- ¡No! ¡Por Dios! ¡No cante eso! ¡Se lo pido por lo que más quiera!

Don Minervo.- ¡Lo que más quiero yo ahora es guardar completo silencio y en completo silencio vamos a tomarnos los carajillos para degustarlos bien y sacarles todo su sabor! ¿Está usted otra vez de acuerdo conmigo?

Don Pío.- ¡Si! ¡Tomemos los dos carajillos en completo silencio pero luego seguimos hablando! ¿Vale?

Don Minervo.- ¡Vale!

Durante unos pocos segundos los dos se toman su carajillo correspondiente guardando un profundo silencio.

Don Minervo (una vez terminados los dos carajillos).- ¿Me quiere ya decir lo que es ese asunto que usted considera tan grave?

Don Pío.- ¿Es que no le parece un asunto no grave, sino muy grave o gravísimo, que Jaimito haya raptado a Florita y se la haya llevado Dios sabe dónde?

Don Minervo.- ¡Sigue usted muy confundido, Don Pío, pero que muy confundido del todo!

Don Pío.- ¿En qué se basa usted, Don Minervo, para decir que estoy muy confundido cuando en verdad yo no me confundo nunca y eso que soy muy modesto cuando hablo de mí?

Don Minervo.- ¡En dos cosas muy evidentes!

Don Pío.- ¡Vayamos por partes, Don Minervo! ¡Dígame primero cuál es la primera de esas dos evidencias!

Don Minervo.- ¡La primera evidencia, muy evidente por cierto, es que Jaimito ya es mayor de edad porque ya hace bastantes meses que ha cumplido los 18 años!

Don Pío.- ¡De acuerdo! ¡No había caído yo en eso!

Don Minervo.- ¡Para que comprenda usted, aunque sea por una sola vez en su vieja vida, que no hay que vender la piel del oso antes de haberlo cazado!

Don Pío.- ¡Me ha cazado usted, Don Minervo! ¡Reconozco que me ha cazado usted!

Don Minervo.- ¡Pues parece mentira que parezca que usted se haya caído de la higuera, Don Pío, porque todos los de Calaña, y los que vienen de vez en cuando procedentes de Valverde, sabíamos eso! Pero como usted siempre que viene por aquí es para jeringarnos a todos los de este pueblo pues no se ha molestado usted nunca en preguntar antes de decir la bobada del siglo. La próxima vez que quiera usted saber algo de alguno de nosotros, pregunte usted antes de seguir haciendo el ridículo como lo está haciendo ahora.

Don Pío.- ¡De acuerdo! ¡Soy un borceguí!

Don Minervo.- ¿Un borceguí? ¡Lo que es usted es muy tonto, pero que muy tonto!

Don Pío.- ¡Ya lo sé! ¿Pero qué me dice usted sobre lo del secuestro?

Don Minervo.- ¡La verdad es que sí!

Don Pío.- ¡Luego por fin está usted de acuerdo conmigo en algo interesante! ¡He triunfado! ¡He triunfado!

Don Minervo.- ¡Pare usted otra vez el carro, Don Pío! ¡Pare usted el carro porque lo que quiero decir con eso de que es verdad que sí no se refiere a ningún secuestro sino que es usted un borceguí para decir algo coherente!

Don Pío.- ¿Es que tenemos que soportar y admitir que Jaimito, delante de nuestras propias narices, haya raptado y secuestrado a esa chavala?

Don Minervo.- ¡Pero usted es tonto del todo o es usted tonto del todo y valga la redundancia!

Don Pío.- O sea… ¿que yo estoy atontado como si fuera un tonto?…

Don Minervo.- ¡Usted lo ha dicho!

Don Pío.- ¿En qué se basa ahora para poder demostrarlo?

Don Minervo.- En que Florita se ha ido con él por su propia voluntad y no como producto de haber sido raptada ni mucho menos secuestrada.

Don Pío.- ¡Eso no me lo puedo creer ni nunca jamás de los jamases me lo voy a creer!

Don Minervo.- ¿Por qué no le pregunta usted a Bolita que es un chaval que nunca ha mentido en su vida?

Don Pío.- ¿Quién es ese tal Bolita?

Don Minervo.- El mejor amigo de Jaimito y el mejor amigo de Florita. El mejor amigo de los dos al mismo tiempo. Él sabe mejor que nadie que Florita se ha ido con Jaimito porque le ama de verdad y que Jaimito se ha llevado a Florita porque también de verdad la ama. ¿Algo más que aclarar sobre este asunto?

Don Pío.- ¡Sí! ¡Que en cuanto termine de hablar con usted voy a avisar a la Policía para que les encuentren y le metan a ese tal Jaimito un verdadero paquete!

Don Minervo.- ¡Si va usted a avisar a la Policía no sólo no le van a meter a Jaimito ningún paquete sino que a usted se le va a caer el poco pelo que le queda! ¡Su cabeza, bastante gorda por cierto, va a parecer una bola de queso o, mejor dicho, una bola de billar!

Don Pío.- ¿Me está usted amenazando a mí?

Don Minervo.- ¡Pues sí! ¡Yo le estoy amenazando a usted para que usted deje de amenazar a todos los que encuentra a su paso por esta nuestra querida y amada Andalucía!

Don Pío.- ¡Necesito una explicación y exijo una explicación!

Don Minervo.- ¡Le voy a dar una explicación porque usted me da verdadera lástima, alma en pena, que parece usted más alma en pena que una flor de pitiminí en el ojal de un cacique andaluz! ¡Está usted más confundido que un calamar sin tinta! ¡Y valga la metáfora del calamar sin tinta que viene muy a cuento porque usted está totalmente atontado! ¿Me entiende ya? ¡Yo no sé si estoy hablando con una persona o con una pelota de trapo, porque tiene usted una barriga que de verdad que se parece a una pelota! ¡Pero no una pelota de fútbol precisamente sino una pelota medicinal! ¡Tiene usted una barriga que parece el globo aerostático de “La vuelta al mundo en ochenta días!

Don Pío.- ¡Eso es! ¿Cómo no lo había pensado yo antes? ¡Ochenta días de cárcel son los que le van a caer a ese dichoso Jaimito cuando le pillen los policías!

Don Minervo.- ¡Y vuelve el burro a la noria! ¿Es que no sabe usted hacer otra cosa más productiva para todos que intentar solucionar lo que usted cree que es un problema avisando a los policía? ¡Mucho cuidadito conmigo! ¡Mucho cuidadito conmigo, señor curita, que me conozco ya demasiado y soy capaz de sacarle las tripas al tío mas pintado de todas estas comarcas! ¡Saco de navaja y le destripo!

Don Pío (asustado ante la amenaza de Don Minervo).- Yo… esto… creo que en este caso… avisar a los policías… es la mejor opción…

Don Minervo (que sigue envalentonado ante el miedo del cura).- ¡La mejor opción de este asunto es que deje usted de hacer el ridículo y deje de decir sandeces! Por cierto… hablando de sandeces… usted debe saber que Sande jugó en el Real Oviedo… ¿o tampoco se ha enterado de eso?…

Don Pío.- ¿De qué Sande me está usted hablando ahora?

Don Minervo.- ¡Del compañero de Braga! ¿Es que usted no ha coleccionado nunca cromos de futbolistas?

Don Pío.- ¡No me diga que usted, todo un maestro de escuela, colecciona cromos de futbolistas!

Don Minervo.- ¡En primer lugar yo no soy un maestro de escuela sino todo un profesor de colegio! ¡Y en segundo lugar no soy yo el que colecciona cromos de futbolistas sino mi sobrino Pitagorín que, además de ser un verdadero empollón de Matemáticas, todavía tiene tiempo suficiente para jugar a las chapas! ¡Escuche! ¡Escuche cómo canto yo ahora!

Don Pío.- ¿Se va a poner usted otra vez a cantar?

Don Minervo.- ¡Por supuesto que sí si es que el tiempo o las autoridades no me lo impiden!

Don Pío.- Cante entonces…

Don Minervo (cantando).- ¡Yo quería ser torero y mi padre me animó! ¡Yo quería ser torero y mi padre me animó! ¡Como me faltó dinero me quedé solo con Dios! ¡Como me faltó dinero me quedé solo con Dios! ¡Que el amor si es sincero es amor para los dos! ¡Que el amor si es sincero es amor para los dos! ¡Como me faltó dinero me quedé solo con Dios! ¡Como me faltó dinero me quedé solo con Dios! ¡En el mundo ser sincero es muchísimo mejor! ¡En el mundo ser sincero es muchísimo mejor! ¡Como me faltó dinero me quedé solo con Dios! ¡Como me faltó dinero me quedó solo con Dios!

Don Pío.- ¡Está usted dando rodeos para no hablar directamente del asunto!

Don Minervo.- ¡Está bien! ¿Quiere usted conocer la verdad?

Don Pío.- Me interesa conocer la verdad para demostrarle que llevo razón.

Don Minervo.- ¡Entonces tengo que confesarle a usted que Jaimito sabía, desde hace ya muchos años, cómo la maltrataba Doña Blasa a Florita, tanto en lo físico como en lo psicológico, ante el cómplice silencio de Don Berrinche!

Don Pío.- ¡Me deja usted de piedra!

Don Minervo.- ¡Pues reaccione usted a tiempo antes que se llene de musgo!

Don Pío.- ¿Cómo podía Jaimito saber todo eso si a Florita la tenían encerrada siempre dentro del cortijo y sólo le dajaban salir para acudir al colegio?

Don Minervo.- Porque alguien le estaba contando todo lo que sucedía en el cortijo.

Don Pío.- ¿Quién era ese alguien?

Don Minervo.- ¡Parece que pone usted ahora mucho interes en saberlo! Pero permítame, antes de decir su nombre, que le pregunte algo.

Don Pío.- Pregunte, pregunte porque yo no tengo nada que ocultar.

Don Minervo.- Ya que tanto habla usted de la Policía… ¿porqué no denunció nunca a la Policía todos esos maltratos físicos y psíquicos contra la persona de Florita, y también de la negra Panchita dicho sea de paso, cuando usted bien que lo conocía porque siempre que visitaba el cortijo de Don Berrinche, y conste que los visitaba muchísimas veces, sabía lo que estaba sucediendo? ¿Me puede aclarar ahora por qué no acudió entonces a la Policía?

Don Pío.- No sé cómo contestar a eso…

Don Minervo.- ¡Pues fue, nada más y nada menos, la negra Panchita, la que le contaba todo a Jaimito! ¡Así que Jaimito cumplió con su juramento cuando me hizo saber que cuando fuese mayor de edad, y ya tiene 18 años cumplidos, sacaría a Florita de ese infierno! ¿Por qué nunca lo hizo usted?

Don Pío.- No sé cómo contestar a eso…

Don Minervo.- ¿Comprende usted ahora que si les descubren los policías en lugar de meter a Jaimito en la cárcel le van a condecorar con la Medalla al Mérito Civil para ponerle como ejemplo ante todo el mundo entero y hasta puede que le levanten un monumento por su noble acción voluntaria? ¡Ya sabe usted todo lo que sucedía en este asunto de Florita! ¡Más le valdría a usted adorar a esa clase de héroes en lugar de adorar a tantos santos de mármol de Carrara que fabrican ustedes con el dinero que les roban al pueblo andaluz en vez de dar de comer a tantos hambrientos como hay por estas tierras! ¡Saque! ¡Saque usted en procesión a la Virgen del Rocío para ver si la Virgen del Rocío es capaz de perdonarle porque el pueblo de la divisa verde y blanca no se lo va a perdonar jamás!

Don Pío.- ¡Todo eso está muy bien dicho aunque me cueste derramar sangre, sudor y lágrimas tener que admitirlo y decir que es verdad! ¿Pero cómo se va a defender Jaimito, esté donde esté, para ganarse la vida y, al mismo tiempo, cuidar de que no le falte de nada a Florita, si no tiene trabajo alguno?

Don Minervo.- Para empezar, Jaimito tiene ahora mismo una suficiente cantidad de dinero ahorrado para sobrevivir, junto con Florita, por un tiempo bastante corto o bastante largo según sea la manera que tenga ella para administrarlo.

Don Pío.- ¿Cómo es posible eso si Jaimito es solamente un muerto de hambre?

Don Minervo.- ¡Usted sigue totalmente confuso y confundido! Desde que Jaimito tiene uso de razón me ha estado ayudando en la preparación de mis clases a cambio de recibir un buen sueldo mensual. Tiene bastante dinero ahorrado.

Don Pío.- ¿De verdad Jaimito trabajaba para usted a cambio de un buen sueldo mensual?

Don Minervo.- Tan de verdad como que, cuando se despidió de mí, me rogó que le diese dicho empleo a su mejor amigo. ¡Para que vea hasta donde llega su generosidad para con quiénes con él están!

Don Pío.- ¿A ese tal Bolita?

Don Minervo. Pues sí. A ese tal Bolita como le llama usted y que es el ojito derecho de Panchita. Ya he hablado con el padre y la madre de Bolita y están totalmente de acuerdo. ¡Claro que Bolita no es tan ágil y tan despierto como Jaimito pero teniendo mucha paciencia con él puedo llegar a convertirle en un verdadero líder como es, por naturaleza propia y desde su nacimiento, el genial Jaimito! No será nunca igual que Jaimito pero puede valerme como sucesor de Jaimito. Bolita es bastante lento para comprender las cosas pero estoy completamente seguro, y eso me lo ha asegurado el propio Jaimito antes de irse con Florita, que se puede convertir en un verdadero líder porque cuando aprende algo, aunque le cueste un buen tiempo hacerlo, nunca lo olvida. ¡Para algo ha ido asimilando las enseñaznas de su maestro Jaimito! Por cierto… ¿ha leído usted “Juan Salvador Gaviota” de Richard Bach?…

Don Pìo.- Pues no.

Don Minervo.- Pues vaya haciéndolo alguna vez, de rato en rato, para que aprenda usted mucho sobre los comportamientos humanos en vez de darle tanto a la lengua con los cotilleos de sus acólitas beatas que, para mí y muchos más, sólo son unas histéricas. ¡En lugar de perder tanto tiempo en preparar tantísimos sermones vacíos de verdadero contenido humano, tómese, de vez en cuando, un poco de tiempo para leer “Juan Salvador Gaviota”! ¡Se haría usted un gran favor a sí mismo si lo hiciera!

Don Pío.- Lo haré si me da permiso el obispo de Huelva.

Don Minervo.- De verdad que me dá usted verdadera lástima por su esclavitud a los dogmas.

Don Pío.- ¡Eso solo es cosa mía!

Don Minervo.- ¡De acuerdo! ¡Eso sólo es cosa suya y no le voy a molestar por ello! ¿Se quiere ya largar de mi aula o todavía hay algo más que desee saber?

Don Pío (que se resiste a admitir su total derrota).- ¿Y qué le va a pasar a Florita cuando a Jaimito se le acabe el dinero que tiene ahorrado?

Don Minervo.- ¡Le voy a hacer conocer otra confesión que le va a dejar mucho más alelado de lo que ya está! ¡Porque usted parece más alelado que el bobo de Coria que tanto le inspiró a Velázquez y usted me inspira a mí compasión!

Don Pío.- No me llame alelado por favor…

Don Minervo.- Le llamo alelado por no llamarle tuercebotas que sería mucho más apropiado.

Don Pío.- ¡Deje ya de insultarme y cuénteme esa confesión!

Don Minervo.- ¡Agárrese, curita, que vienen curvas!

Don Pío.- ¡Sin bromas, Don Minervo, sin bromas!

Don Minervo.- No estoy para nada contando bromas. ¡Jaimito también sabía, desde hace muchos años, que en la ciudad de Madrid tiene una familia muy cercana y que pertenece a una clase social muy alta! ¡Es la familia de un tío paterno suyo!

Don Pío.- ¿Eso quiere decir que se han escapado hasta Madrid?

Don Minervo.- ¡No se han escapado sino que se han ido!

Don Pío.- ¿No es lo mismo?

Don Minervo.- No es lo mismo y usted bien lo sabe. Jaimito no tiene miedo a nada. Ni tan siquiera tiene miedo a lo desconocido. Es un valiente desde el mismo tiempo en que fue engendrado en el vientre de su madre. Y usted bien que sabe que es un millón de veces más valiente que usted. Por eso Florita le ama tanto. Así que no se han escapado sino que se han ido a Madrid.

Don Pío.- ¿Y cómo han podido llegar desde Calaña hasta Madrid si aquí nadie les ha podido ayudar a hacerlo?

Don Minervo.- ¡Para eso está la tartana de Tejeringo!

Don Pío.- ¡Pero si la vieja tartana del viejo Tejeringo no puede llegar ni tan siquiera hasta Despeñaperros!

Don Minervo.- ¡Haga el favor de no llamarle viejo a Tejeringo! ¡Su tartana puede ser vieja, hasta viejísima si usted quiere, pero Tejeringo es mil veces más joven que usted y que yo juntos! ¡Si usted fuese solamente la centésima parte de lo alegre que es Tejeringo sabría qué es lo que le estoy explicando! ¡Es con la tartana de Tejerino cómo Jaimito y Florita pudieron llegar a la ciudad de Huelva! Desde allí a Jaimito y Florita les fue muy sencillo irse hasta Madrid en tren.

Don Pío.- ¿Y qué pasa con la negra Panchita? ¡Esa pobre negra no va a poder aguantar la vida si no está a su la bellisima Florita!

Don Minervo.- ¡Panchita, no la pobre negra como usted la llama sino Panchita nada más, tampoco va a seguir soportando malos tratos físicos y psicológicos por parte de Doña Blasa y ante el cómplice silencio de Don Berrinche; porque ya no está trabajando en el cortijo sino que, gracias a que Jaimito me lo pidió con toda sinceridad, la tengo ya trabajando en mi casa y estará protegida para siempre!

Don Pío.- ¡Luego lo tenía todo planificado ese granuja!

Don Minervo.- ¡No lo tenía todo planificado sino que lo tenía todo perfectamente planificado! ¡Es la diferencia que existe entre un chaval muy inteligente como puede llegar a ser Bolita a través de sus experiencias y un chaval que es un verdadero genio desde su mismo nacimiento como sucece con Jaimito! ¡Por favor, hágame caso y lea “Juan Salvador Gaviota” de Richard Bach por si quiere comprobarlo usted mismo y no a través del obispo de Huelva!

Don Pío.- ¡Insisto en decir que ese tal Jaimito sólo es un granuja!

Don Minervo.- ¡No! ¡Confiese ya por fin que tiene envidia de él! ¡Jaimito lo tenía todo muy bien planificado porque, además de genial e inteligente, es más listo que el hambre! ¡No tiene nada de granuja sino de chaval noble y generoso y eso es lo que usted no puede soportar porque le tiene envidia!

Don Pío.- ¡Está bien! ¡Dejemos a Jaimito de lado! ¿Qué sucederá con Florita? ¿Cómo va a salir ella adelante sin tener que depender de nadie?

Don Minervo.- Le veo yo muy interesado en saber lo que le sucederá a Florita…

Don Pío.- ¡Es que velo por el bien de todas las chicas de Andalucía entera!

Don Minervo.- ¡Eso no se lo cree usted ni harto de sopas! ¡Y mire usted que le gusta demasiado comer la sopa boba de las gentes sencillas del pueblo, señor curita de las narices que en todas partes las mete por ver si caen las perdices!

Don Pío.- ¡No ha contestado a mi pregunta!

Don Minervo.- ¡Poco a poco Paco peco y si peco que Dios me perdone y no usted! ¡Usted peca demasiado para poder perdonar a mí mis pecados!

Don Pío.- ¡Sigue sin contestar a mi pregunta!

Don Minervo.- Se lo voy a confesar pero para que me perdone nada sino para ver si usted ya es capaz de saber hasta dónde puede llegar Jaimito. Una vez que los dos estén isntalados en Madrid, en casa de los parientes de Jaimito, él me ha dado su palabra de honor de que no van a vivir a costa de sus familiares.

Don Pío.- ¿Eso es imposible hablando de Madrid?

Don Minervo.- ¡Se equivoca usted de nuevo y eso que de nuevo usted ya no tiene nada!

Don Pío.- ¡Repito que eso es imposible hablando de Madrid!

Don Minervo.- Y yo le digo que no lleva usted razón si es que es usted mínimamente razonable porque ya hasta lo dudo que lo sea. Jamito, mientras estudiaba en el colegio, ja estado preparándose muy bien para presentarse a oposiciones de Bancos y Cajas de Ahorro. ¡Es el mejor estudiante que ha tenido la señorita Margarita Gautiérrez, “La Dama de las Camelias”, en toda su vida y eso que dicha señorita es la mejor profesora que existe en todas nuestras tierras para impartir esa clase de enseñanzas! ¡En cuanto llegue a Madrid, Jaimito se va a presentar a todas las oposiciones que se celebren y estoy completamente seguro del todo que aprobarám, y con nota, en todas ellas. ¡Me lo ha prometido antes de irse y yo sé que Jaimito siempre cumple con lo que promete! ¡Yo le estuve pagando, de mi propio bolsillo, ese aprendizaje para las oposiciones de Bancos y Cajas de Ahorro y no me va a decepcionar como nunca jamás me ha decepcionado! ¡Jaimito no es ni ha sido nunca como El Capitán Mostachete que me defraudó por completo cuando yo pensaba que era un gran capitán una vez que le conocí en el mundo de las tascas! ¡Jaimito lo es sin tener que dejarse el mostachete porque su personalidad no lo necesita!

Don Pío.- ¡Maldita sea la mala sombra que tengo! ¡No puede ser, no puede ser y no puede ser! ¡No puede ser cierto eso!

Don Minervo.- Diga ya la verdad, Don Pío. ¿Por qué está usted tan interesado en saber qué le ocurrirá a Florita?

Don Pío.- ¡Secreto de confesión, Don Minervo! ¡Le pido que sea secreto de confesión!

Don Minervo.- ¡Ni secreto ni confesión! ¡Usted me cuenta la verdad y yo no abriré para nada la boca si usted deja ya de perseguirla a ella!

Don Pío (tapándose con las dos manos su rostro).- ¡Es que la amo de verdad!

Don Minervo.- ¡No me río porque me resulta patético! ¡Es más, yo diría que esto parece un esperpento valleinclano! ¿Un viejo verde, que tiene ya más de ochenta años de ead, y que además es cura, con una chavala de tan solo dieciséis y que además es virgen?

Don Pío.- ¡Conmigo estaría sobreprotegida!

Don Minervo.- ¿Pero sabe usted de verdad lo que es amar sin condiciones? ¿Qué coña es esa de que con usted estaría sobreprotegida si usted ha estado persiguiendo a todas las chavalas que ha podido conocer desde sus tiempos de seminarista? ¡El verdadero y noble amor no pone condiciones y por eso el verdadero y noble amor es el que siente Jaimito por Florita y el que siente Florita por Jaimito! ¡Aprenda usted un poco, aunque sea solamente un poco señor curita, sobre lo que es el amor y no me venga con pendejadas de viejo verde!

Don Pío (rabiando).- ¿Por qué existirá ese tal Jaimito?

Don Minervo (totalmente tranquilo).- Porque existe esa tal Florita.

Don Pío.- ¡No puedo ver a ese tal Jaimito ni en pintura!

Don Minervo.- ¿Por qué no dice ya la verdad, Don Pío? ¡Usted no puede ver ni en pintura a Jaimito porque le odia!

Don Pío (estallando completamente nervioso y temblándoles las manos y el rostro).- ¡Sí12 ¡Le odio, le odio y le odio!

Don Minervo (todavía más tranquilo que antes).- Eso demuestra, una vez más, que usted no sabe lo que es el amor y que, en realidad, no ama a ningún ser humano.

Don Pío.- ¡No puedo soportarlo! ¡No puede ser cierto que mi Florita ame a ese tal Jaimito!

Don Minervo.- Pues resulta que sí. Que no sólo Florita jamás ha sido suya porque nunca jamás ha conseguido que se confiese con usted mientas que con Jaimito se ha confesado continuamente las veces que ha podido hablar con él a solas en el colegio sino que ama locamente a Jaimito.

Don Pío (desesperado).- ¡Me meto en un monasterio! ¡De esta le juro a usted, Don Minervo, que me meto en un monasterio para apartarme del mundo entero!

Don Minervo.- Pues le deseo, porque en el fondo hasta usted puede ser incluso buena gente, que viva usted muchos años más dentro de un monasterio. ¿Cuál es su preferido?

Don Pío.- ¡El Monasterio de Santa María de la Rábida, en el término municipal de Palos de la Frontera! ¡Me voy con los franciscanos para el siempre de todos los siempres!

Don Minervo.- Pues hablando del siempre de todos los siempres y ya que ha elegido usted a los franciscanos, que vienen de Francisco, que sea usted allí muy feliz siempre de todos los siempres, currito de la cruz. ¡Y por favor, no me perdone usted porque yo no necesito que ningún currito de la cruz perdone todos mis pecados pero usted sí que va a necesitar que le perdone Dios!

Don Pío se va, con pasos muy lentos, fuera del escenario mientras se está escuchando la voz de Panchita cantando las notas musicales de una saeta andaluza.

Voz de Panchita (cantando).- ¡Ni por dulce ni por buena es comparable la miel con tu dulzura morena, si se compara la hiel con lo amargo de tu pena!

Vuelve el silencio hasta que Don Minervo se lanza de nuevo a cantar…

Don Minervo (cantando a pleno pulmón).- ¡Va por usted, curita! ¡A su salud, Don Pío! ¡Si me lo hubieran contado, no me lo hubiera creído, que van a estar separados y cada cual por su lado, corazón, tu cariño y el mío! ¡Fuimos dos en uno, por la veredita de la eternidad, y de aquello, mi vida, ninguno se quiere ya acordar! ¡Cada cual por su camino, madre mía que dolor, no es de rosas, que es de espinos, el sendero de los dos! ¡Aumentado la distancia, morimos poquito a poco, los dos sin darle importancia como si fuéramos locos! ¡Como para darme en la cara, de otro cariño presumes, mira qué cosa más rara, que el corazón se me para mientras tú sin mi amor te consumes! ¡Yo sé que por eso mismo, seguiré mintiendo lo mismo, lo mismo que mientes tú, y viviendo los dos bajo el peso, ¡ay que dolor de verdad!, debajo de la misma cruz! Cada cual por su camino, ¡madre mía, que dolor!, no es de rosas, que es de espinos el sendero de los dos. Aumentado la distancia, morimos poquito a poco, los dos sin darle importancia, como si fuéramos locos!

Al terminar de cantar Don Minervo aparece en la puerta del aula el rey Arturo.

Arturo.- ¡Buen día nos dé Dios, buen hombre!

Don Minervo (volviendo otra vez a la realidad y sorprendido).- ¡Ostras, chirlas, almejas y percebes! ¿Quién es usted con esa vestimenta tan estrafalaria? ¿Tal vez un comediante que viene de gira por estos pueblos tan olvidados?

Arturo.- ¡Yo soy el rey!

Don Minervo.- ¡Por mi Minerva, la diosa de la sabiduría y de las artes! ¿Tal vez el rey de los gitanos por su extravagante forma de vestir?

Arturo (ofendido).- ¡Un poco más de respeto hacia mi real persona, maestrucho! ¡Yo no soy ni Florín ni mucho menos Florón! ¡Jamás he sido un llorón! Y no por falta de ganas…

Don Minervo.- ¿De verdad no viene usted pidiendo limosna?

Arturo.- ¡Dejemos las falsas historias! ¡Tampoco soy el rey mendigo del que habló un tal Mark Twain!

Don Minervo.- Para ser usted un rey me parece demasiado culto…

Arturo.- No escurro jamás el bulto…

Don Minervo.- ¿Tal vez es usted un verdadero monarca francés?

Arturo.- ¡No me habléis de Francia, os lo ruego! ¡Con los franceses no quiero ni tan siquiera un juego! ¡Yo soy el Rey Arturo, un tipo bastante duro!

Don Minervo.- ¡Vaya sorpresa! ¡Nada más y nada menos que el Rey Arturo en mi aula! ¿Puedo saber a qué jugáis?

Arturo.- ¿Además de la petanca?

Don Minervo.- ¿Sabéis lo que es la petanca?

Arturo.- ¡Un juego de bolas y yo tengo bastantes bolas como para saber jugar con ellas!

Don Minervo.- ¿Puedo saber o no puedo saber cuál es su juego favorito?

Arturo.- ¡Las damas! ¡Juego muy bien con las damas! ¡Dejando de lado todas las especulaciones que se han dicho sobre las damas a mí me encantan las españolas!

Don Minervo.- ¡Ostras, chirlas, almejas y percebes! ¿Ha dicho usted españolas?

Arturo.- ¡Eso he dicho! ¡Y también me han contado que se puede jugar muy bien con ellas por estas comarcas andaluzas!

Don Minervo.- ¿Pero se puede saber quién le ha contado ese chisme?

Arturo.- Un tal Carpanta. ¿Conocéis a Carpanta?

Don Minervo.- ¿Carpanta? ¿Ha dicho usted Carpanta, majestad de majestades?

Arturo (aflamencado).- ¡He dicho Carpanta! ¿Pasa algo?

Don Minervo.- Pasar no pasa nada pero… ¿todavía vive Carpanta?…

Arturo.- ¡Doy fe de que todavía vive Carpanta! ¡Y me dio dos consignas que no he olvidado!

Don Minervo.- ¿Dos consignas? ¿Puedo saber cuáles son?

Arturo.- Karpa y Tortajada.

Don Minervo.- ¡Pues resulta que sí! ¡Es realmente asombroso!

Arturo.- ¿Qué asunto es ese que llamáis asombroso?

Don Minervo.- ¡Estamos hablando del mismo Carpanta que se hizo verdaderamente famoso por estas tierras tan olvidadas desde el año 1968 después de Jesucristo!

Arturo.- ¿Ha tanto llegó su fama que todavía se le recuerda en Calaña?

Don Minervo.- ¡Por supuesto que sí! ¡Alcanzó la cima en Madrid pero luego llegó a Andalucía y siguió aumentando su fama!

Arturo.- ¿A qué clase de fama os estáis refiriendo?

Don Minervo.- ¡A la de poder sobrevivir a pesar de las circunstancias que se le ponían en contra!

Arturo.- ¿Asuntos de envidia tal vez?

Don Minervo.- ¡Acierta usted majestad de majestades! ¡Asuntos de envidia sin el tal vez sino en seguro!

Arturo.- ¿Seguro que fue la envidia la que le hizo pasar tanta hambre?

Don Minervo.- ¿Hablando de las damas o hablando de los muslos de pollo?

Arturo.- ¡Explíquemelo usted, por favor!

Don Minervo.- Hablando de damas jamás estuvo escaso sino que las tuvo en demasía pero… ¡ay lo que hace la envidia!… hablando de muslos de pollo eso ya es otro cantar…

Arturo.- ¡Cante, Don Minervo, cante antes de seguir yo mis caminos!

Don Minervo.- ¿Se puede usted sentar a mi lado a pesar de ser usted un majestad de majestades y yo solo un personajillo de colegio?

Arturo.- Poder puedo y además querer quiero.

Don Minervo.- Pues no se hable más. ¡Siéntese a mi lado que voy a terminar la mañana cantando!

Arturo (sentándose en la silla).- ¡Si me encanta lo que canta le invito yo a boquerones en vinagre!

Don Minervo.- ¡Perfecto, rey Arturo, perfecto! ¡Los boquerones en vinagre es lo que más prefiero como aperitivo antes de las comidas y las cenas!

Arturo.- ¡Cante ya y terminemos este asunto antes de ir a por los boquerones!

Don Minervo (cantando feliz y contento).- ¡Dios te ha dado la gracia del cielo, María Dolores y en tus ojos, en vez de miradas, hay rayos de sol! ¡Déjame que te cante, morena de mis amores un bolero que ensalce tu garbo que es tan español! ¡Olé, olé! ¡Te mueves mejor que las olas y llevas la gracia del cielo la noche en tu pelo mujer española! ¡Olé, olé! ¡Tus ojos son tan pintureros que cuando los miro de cerca prendido en su embrujo soy tu prisionero! ¡Olé, olé! Envidia te tienen las flores pues llevas esencia en tu entraña del aire de España, María Dolroes! ¡Olé, olé y olé! ¡Por linda y graciosa te quiero y en vez de decirte un piropo, María Dolores, te canto un bolero! ¡Olé, olé! ¡Envidia te tienen las flores pues llevas esencia en tu entraña del aire de España, María Dolores! ¡Olé, olé y olé! ¡Por linda y graciosa te quiero y en vez de decirte un piropo, María Dolores, te canto un bolero!

Arturo (Una vez terminada la canción).- ¡Dos de boquerones en vinagre! ¡Van a ser dos de boquerones en vinagre!

Don Minervo.- ¿De verdad le ha encantado mi magia?

Arturo.- ¡Muchísimo más pero que muchísimo más que la del astroso Merlín de mi corte!

Don Minervo.- ¿Por qué le llama astroso a tan ilustre mago como es ese tal Merlín?

Arturo.- ¡Porque es aburrido del todo! ¡Se pasa todas las santas noches observando los astros y por eso está ya tan astroso! ¡Ni las ovejas merinas le aguantan ya!

Don Minervo.- ¿Y las churras?

Arturo.- Tampoco.

Don Minervo.- Pues vayamos a por los boquerones como viejos amigos que podemos llegar a ser.

El Rey Arturo y Don Minervo, abrazándose por los hombros como si fuesen amigos de toda la vida, salen del escenario.

SE BAJA EL TELÓN
FIN DE LA ESCENA V

2 pensamientos sobre “Con divisa verde y blanca (Teatro) -Escena V – (CORREGIDO)”

  1. Diésel…
    Eeeeeh, pues una verdadera obra de teatro. ¡Me dejaste kao! Que fluidez de palabra y que impresionante pantalla visual. No puedo darte una opinión de experto (que bien lo merece) pero si expresar mi humilde admiración. Cómo muchas noches, al salir de trabajar del hospital, vengo escuchando piano o leyendo algún libro de bolsillo que me permite evadir la mente y así desconectar. Hoy, elegí tu obra, la cual me arrancó en repetidas ocasiones la sonrisa (Jaimito siempre hace algunas de las suyas).
    Gracias compañero, esto si que es escribir bien.

  2. Muchas gracias, NASIA. Ya sabes que en el teatro cabe toda clase de géneros y sentimientos: la comedia, el drama, la tragedia, la farsa, el humor, la filosofía, el entretenimiento, los enredos, el juego de palabras con varios sentidos… en fin… todo un mundo de emociones. UN ABRAZO CORDIAL COMPAÑERA.

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